La página de Arruillo

Una página abierta a la imaginación

¿Hacia dónde vamos?

Enero26

Carta abierta a Consumo

Porque tú debes saberlo. Desde aquellos lejanos tiempos en que el primer bípedo implume tuvo necesidad de masticar algo, para recuperar la vitalidad perdida, ya hiciste amistad con los de tú género; al principio poca importancia le diste al asunto, porque bien visto tampoco había demasiada diferencia entre tus relaciones con él y con aquellos otros primates a los que ofrecías tu candorosa mano. Si a la vuelta de unos años su número se había multiplicado…tampoco era para prestarle atención: tu despensa se había multiplicado, ofrecía buenos frutos e inmejorable refugio, para invitar sin temor a cuantos quisiesen gozar de tus dones. Tus amigos pronto se dieron cuenta: aquellas satisfacciones eran relativas, les suponían algún que otro esfuerzo, y por tanto había que moderar la situación, porque tanta familiaridad no parecía llevar a buen puerto. Si en lugar de cubrir mi piel con las de aquella alimaña, que tanto me hace caminar, me es más fácil arrimarme a una buena candela, ¿para qué malgastar útiles y herramientas?.
Los pueblos se dispersaron, la despensa seguía siendo grandiosa y tú disfrutabas dando de comer, de beber, protegiendo al neanderthalis de las inclemencias meteorológicas y ofreciéndole algún que otro motivo para que se olvidase de los sinsabores del quehacer diario. Por su cuenta y riesgo se embarcó en espectaculares aventuras donde, además de cubrir sus necesidades básicas, necesitaba de otro tipo de inversiones, para hacerse distinguir entre los de su especie, que dicho sea de paso, proliferaban casi misteriosamente. Tus espaldas seguían siendo fuertes, y allí estaba en disposición de cargar con lo que te echasen; al fin y al cabo ellos tenían sus días contados, había que dejarlos divertirse. Como homo sapiens no las tenía todas consigo, así que pusieron a trabajar y el resultado fue que sin verte, sin saber de ti de forma directa, comenzaron a conocerte. Entonces se rodearon de los medios necesarios, para contrarrestar tu alegre manga ancha. Aquello no era de usar y tirar, parte de ellos podía volver a usarse o emplearse en la obtención de otros bienes.
En el momento que los graneros se llenaron hubo tiempo para pensar, tus relaciones pasaron de dulces a insípidas. Unos cuantos (que te conocían bien), se dedicaron a propagar a los cuatro vientos tus grandes defectos en lugar de tus supuestas virtudes. El calendario de la vida se comprimió de tal manera que el último trimestre del año fue de auténtica locura: si el quince de octubre estábamos aún en las algas, el treinta y uno de diciembre a trece segundos escasos de acabar el año, se producía la entrada gloriosa, que a la postre habría de justificar tu propia existencia de la conocida mundialmente como revolución industrial y de su mano la no menos famosa era tecnológica. Desde entonces y hasta nuestros días has calado con tanta fuerza en la sociedad, que se pueden contar con los dedos de la mano los grupos, etnias o culturas que vivan al margen de tu amistad.
Si durante muchos años la Humanidad ha utilizado y reutilizado los recursos de los que disponía – léase muebles, ropas, basuras – ha sido porque supo buscar tus puntos flacos y actuar a espaldas de tus pretensiones. Bastaron dos siglos para que todo esto fuese quedando en leyenda, y a pesar de las miserias, guerras y desavenencias varias, o tal vez a consecuencias de ellas, consumir cuanto más mejor y convertir en perecederas las cosas que podrían tener utilidad, se puso tan de moda, que ya se veía como algo natural. Momentos felices, días de miel para tus humildes pretensiones, que luego de millones y millones de años, eran recompensadas por su larga espera. Ni en Estocolmo ni en Río de Janeiro, ni en la reciente Cumbre del Clima en Copenhague, se ha encontrado la fórmula para acabar con tu particular manía de convencer a todos y cada uno de los habitantes del Planeta de lo saludable de tu amistad. Las cifras no te asustan, sin importante en absoluto el dato casuístico de que un ciudadano rico consuma quinientas veces más recursos y produzca mil veces más desechos que un ciudadano pobre, contraatacas con la palabra bienestar como el mejor de tus escudos protectores. De nada sirve, que tus enemigos pregonen los siete millones de automóviles abandonados cada año en los Estados Unidos de Norteamérica, los cien millones de Tm de neumáticos, los veinte millones de botellas, los cuarenta y ocho mil millones de latas de conserva.
Para ti son simplemente números, que además quedan en ridículo ante los cuatro mil seiscientos millones de años del Planeta Tierra, al que se le habrá echo mucho daño, pero que ahí continúa todavía y además con capacidad regenerativa. No obstante, no estaría de más que tuvieses en cuenta que aliados tan firmes como el homo sapiens, será difícil que encuentres. Dominar la Naturaleza y someterla exclusivamente al servicio del desarrollo económico, no parecer ser la línea de actuación correcta en pleno siglo veintiuno; el hombre de hoy cada vez se quita más a menudo su costra urbanística y descubre el gusto por poner los pies en el suelo y mancharse de barro. No te queda más remedio que cambiar de actitud y mostrar esa otra cara – a la que llamábamos virtudes -, si de verdad quieres seguir contando con la especie humana entre las notas de tu agenda.

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Porque es preciso mantener la llama

Enero3

CIMG2829

Porque es preciso mantener

la llama

ha de vencerse su fiereza.

Devoran

cuanto encuentran a su paso.

Caen

incesante las hojas

y clavan dentelladas mortales

mientas sonreímos indefensos.

Los besos duermen

el letargo de la enorme

velocidad de partida.

Amarillea

el candil y un día

nos damos cuenta

que los versos son sólo líneas,

frases.

El cúmulo de horas

nos estrangula las venas;

recuperar las caricias

se convierte en cruzada

contra el fiel deslizamiento

de las arenas del

reloj.

Si se agotara la llama

¿qué sería de nuestros antepasados?

De aquellos

que ocuparan versos de amor

eterno

en la primera fila

de la lista de los principales.

Aunque no haya ojos que reflejen

y los bellos no se ericen

al contacto de la piel,

saludemos

la presencia del fuego interno

que surge semiesporádico

para evitar víctimas

por congelación.

El locutor de radio acababa de informar de un ataque contra Somalia. Otra vez EEUU. Una multitudinaria manifestación recorre las calles den centro reclamando mejoras salariales mientras Zapato Veloz nos sigue recordando que posee un tractor amarillo. A uno le viene a la memoria aquel otro señor que tenía un tanque rosa. Y los del Vacie—aquí cerquita—no disponen más que de ratas y las tapias del cementerio por si algún día surgiera un artista de estos que utilizan las paredes a modo de lienzos gigantescos.

(Del poemario "Reloj de Arena")

No teu poema

 

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La Virgen de las Nieves (y4)

Diciembre4

…/…Viene de La Virgen de las Nieves (3)

La luz blanquecina del fondo de la cueva parecía desplazarse en medio de la oscuridad, y la voz angelical también pareció cambiar de tono, ahora se escuchaba como más recia, más varonil. El haz de luz se dividió y todos los allí presentes se dieron cuenta de que se iba aproximando hacia ellos . “¿Nieves?” – dijo El Jefe -. Hubo una respuesta que no se sabía bien que decía, a la que siguió otra hasta que se pudo percibir un claro “¿Hay alguien ahí?” Las luciérnagas se convirtieron en focos y en un momento los cinco amigos se vieron envueltos en unas cálidas mantas y en unas cuantas personas de uniforme que les preguntaban una y otra vez si se encontraban bien, si estaban todos conscientes, si había algún herido, si podían caminar. La cueva se convirtió en un disparatado ajetreo que en nada se parecía a la paz reinante unos minutos antes; hasta conseguir organizar la comitiva, el comandante tuvo que emplearse a fondo, pero al final lo consiguió y una vez comprobado que todo el mundo podía andar, dio la orden de partida y comenzó el desfile. A los cinco amigos los dejaron en el centro de la comitiva y una vez llegaron a los vehículos todo terreno que los transportarían hasta el pueblo, y antes de subir, miraron a la sierra, se cruzaron una mirada cómplice y fue Justo – la voz más potente de todas – quien se despojó de la manta, alzó los brazos al cielo y gritó con todas sus fuerzas: “¡Gracias, Virgen de las Nieves!” Unos finos copos habían comenzado a caer y las primeras luces del alba se habrían paso como podían aquel lunes tan especial para todos ellos.

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La Virgen de las Nieves (3)

Noviembre16

…/…Viene de La Virgen de las Nieves (2) — ¡Perdona que te corte Joaquín! Puedes tutearme ¿eh? —¡Vale, vale!… has dicho que te depositaron aquí en el monte, pero ¿quién te depositó? — ¡Ya me gustaría a mi saberlo! Cuando estoy sola no veas tú la de vueltas que le doy yo al asunto, pero con el pastor no las tenía todas conmigo porque cada vez que intentaba sonsacarle algo – el pobre mío, murió ya -, le entraba una llantera que no había forma y aquí la gente no te informa de nada. Todo el que viene, no llega más que a pedir y a dejar desperdicios por aquí, así que con el paso del tiempo me acostumbré y me centré en lo mío: a rescatar senderistas. Bueno, y ahora dejad que pregunte yo, que para una vez que tengo la oportunidad de tener la cueva llena… — ¡Pregunta, pregunta!..Exclamó gozoso El Jefe. —A ver, Angustias ¿Tú porqué tienes nombre de virgen? ¡No serás…! — ¡Que va, que va! Una tiene ya tiros daos por todas partes. Como te decía antes, es cosa de familia. —Menos mal, eso ya me tranquiliza porque por aquí no quiero competencia, sabes, con la escasez que hay de clientes que encima te vengan a disputar el sitio. —Pues yo si soy virgen, y a mucha honra, ahora bien no quiero disputar nada, con salvar el pellejo esta noche ya me conformo…-dijo Mercedes. —Eso dalo por hecho que para eso estoy yo aquí. —A ver si yo me aclaro: me estáis formando un lío entre las tres con eso de las vírgenes que ya no sé si este asunto va de milagros o estamos ante una noche de orgía…-intervino Justo. — ¡Eeeeh! No te pases, ni metas más gente en la cueva que ya tengo hecho el cupo. Aquí la única virgen en el sentido estricto de la palabra soy yo, que no soy ni de carne ni de hueso, tus dos amigas estaban hablando en otros términos, pero vamos a dejar el tema que me voy a llevar alguna reprimenda y me van a rebajar el cupo de senderistas extraviados y la vamos a liar. — ¡Ea! Pues cambiemos de conversación. Nieves ¿de verdad que haces milagros?…-cortó Joaquín. —No lo tengo muy claro, porque a veces me dan ganas de empujar al precipicio a más de uno, después de haberlo tenido aquí toda una santa noche, pero vosotros tranquilos que me habéis caído bien y haré mi trabajo como el jefe manda. — ¿Quién yo? —Tu no, espabilado. El que está ahí arriba ¿o es que os creéis que aquí no hay control? Poco vigiladas que estamos, no puede una moverse de su puesto ni para ir al servicio, menos mal que de vez en cuando aparecen por aquí las marujas de turno y me dan un cambio de ropaje, que si no. ¿Por cierto he oído decir que ha habido cambios en Roma? ¿Son ciertos los rumores? —Pues si que andas atrasada, pues claro, murió el Papa polaco y eligieron a un alemán…le contestó Justo. — ¡Ratzinger! —Si —Lo suponía. A ver como nos va porque con Juan Pablo lo hemos tenido fácil y por lo menos no se ha metido en nuestro trabajo. Ha viajado mucho y ha estado en muchas partes, pero afortunadamente no se ha pronunciado sobre nuestro papel y eso siempre es bueno para la clase trabajadora. Las vírgenes como yo, lo que queremos es tranquilidad, aire puro, visitas de cortesía y que no falten los senderistas como vosotros para seguir año tras año aquí en lo alto de la sierra. La parafernalia de la ciudad o de los pueblos con esas multitudes y ese desfile interminable de besos y abrazos, no está echa para mi. Yo aquí en la sierra, dominando la situación y consintiendo que tan sólo de vez en cuando me acicalen un poco. —Ya me gustaría a mi una jubilación así…-soltó Joaquín. —Pues hijo, haz méritos ¿quién sabe? —En todo caso, eso me tocaría a mi que para eso soy mujer y…-cortó Mercedes. —No volvamos otra vez a las andadas. Cambiemos de tercio. Se me ocurre preguntar si alguno de los presentes es creyente…-medió El Jefe. — ¡Yo si!..-respondió exaltada Angustias. — ¡Yo también!..-le siguió Joaquín. — ¡Y yo!..-también Justo. —Yo a misa no voy, pero creo en Dios…-comentó más sincera Mercedes. — ¿Y tú Jefe?..-pregunto La Virgen. —Hombre, yo sé que algo debe haber porque a veces ocurren cosas que no se pueden explicar como no sea por la intervención de un Ser Supremo. — ¡Ya! Que bien habéis quedado todos. A mí que me vais a contar, con la de años que tengo yo y la de cosas que he visto. —Nieves, yo te juro…-se puso temeroso Justo. —Tú más vale que te calles, que te estás jugando el pellejo. —Es que una cosa es creer en Dios y otra seguir sus mandamientos…-dijo sensatamente Joaquín. —Y otra creer en los curas…-añadió El Jefe. —Esto ya va tomando otro cariz. Ahora si me vais pareciendo más leales con vosotros mismos. De verdad que me gustaría profundizar, pero estoy sintiendo una indisposición y me voy a tener que ausentar. — ¡Nos vas a dejas solos!…-exclamó sobresaltada Angustias

…/…Continúa en La Virgen de las Nieves (y4)

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La virgen de las Nieves (2)

Octubre29

…/…Viene de La virgen de las Nieves (1)
La línea, marcas azules en el suelo, se veían ahora mejor que nunca, parecía que brillaban más conforme la noche iba extendiendo su manto. Se miraron unos a otros, se repartieron algunos frutos secos, formaron la cadena de los palos y con El Jefe a la cabeza retornaron la marcha. Sin dejar de estar presente la niebla fue dejando paso a las sombras, y como las manchas azules continuaban guiando el camino, no pararon de andar hasta encontrarse en una especie de cueva escarbada en la pared. Allí se arrinconaron todo lo que pudieron para darse calor unos a otros, dispuestos a pasar la noche, porque allí les habían traído las marcas y porque nadie se atrevía a continuar en aquellas condiciones. Comieron algo, bebieron y no paraban de charlar temiendo que al dormirse alguno de ellos, fuese el fin, porque el frío era difícil de combatir. Mantenían una calma relativa, cuando de forma suave se fue iluminando una pequeña mancha en la pared de enfrente, que a Justo le pareció la alucinación previa a la perdida de conciencia, pero al poco tiempo Angustias no pudo más y dijo entrecortada: “¿Estáis viendo lo mismo que yo?””Yo veo una figura, dijo Joaquín” “Yo creo que se mueve”, dijo El Jefe. Mercedes no acertó a decir nada, y mucho menos cuando la figura fue tomando forma, y en medio de la oscuridad reinante podía verse con todo lujo de detalles la cara de lo que parecía una virgen tocada con un mantón y del tamaño de una persona de mediana estatura. Allí se hizo el silencio. Los cinco quedaron petrificados al tiempo que la figura se humanizaba. “Bienvenidos”, pareció decir. Nadie contestó. “¡Bienvenidos!”, repitió en un tono más alto. Mercedes miró a Justo, Joaquín a Angustias y El Jefe que era el que más cerca estaba de la figura y el de mayor edad de los cinco, le tocó romper el hielo: “Hola”, dijo por decir algo. “Ya veo que habéis decidido hacerme compañía esta noche, sed bienvenidos”. “¡Hola! ¿Quién eres tú?”, preguntó Joaquín. “La Virgen de las Nieves, protectora de los desamparados, luz y guía de los senderistas”.
— ¿De los senderistas?-preguntó Mercedes.
— ¡Si de los senderistas! ¿De qué te extrañas?-respondió La Virgen-. Alguien tiene que cuidar de las cabezas locas como vosotros. A vuestra edad y andar perdidos por el monte ¡Qué vergüenza!
—Por mi madre de mi alma, llevarme a un bar que esto tiene que ser muy grave. ¿De verdad estoy ante una virgen?-expresó tembloroso Joaquín.
—Así es Joaquín-contestó La Virgen-. No debes preocuparte que mientras estéis en mi morada estaréis a salvo, relajaos y contadme algo de vosotros que así haremos la noche más corta.
—Aunque sea nada más que por preguntar, ¿cómo te llamas?-dijo muy sereno El Jefe.
—Ya lo he dicho, Nieves.
— ¡Anda como mi prima!-exclamó Angustias.
—Eso, tú encima anímala para que sea más familiar el encuentro-cortó Mercedes.
—No creas Mercedes, no tengo yo mucho mundo porque la cobertura aquí es escasa, fijaos que hasta que no habéis estado a unos trescientos metros de mi morada no tenía claro a quien me tocaba proteger esta noche.
— ¿Ah, pero esto no es diario?-preguntó Joaquín.
—No hombre, no todos los días se pierde la gente en el monte. Es cosa de los fines de semana, hay cada despistado por ahí que para que os voy a contar, se lanzan al monte como el que va al mercado de la esquina y si no estuviera una por aquí ibais a caer muchos, no creas.
—Hombre, eso siempre es un alivio-intervino Justo.
— ¡Tu calla pecador! Que ya sé que no pisas una iglesia ni por casualidad, así que no sé ni como tengo valor para protegerte, porque una es buena, que si no.
—Está bien Nieves, no te enfades. Perdona que te tutee, pera ya que vamos a echar unas horillas más vale que estemos en buena armonía. ¿Y cuando estás sola no te aburres aquí en la cueva?-Intervino El Jefe.
—No creas, no me faltan las visitas, vienen a traerme flores, a rezarme, a pedirme cosas inconfesables, a dejarme comida, amuletos y no sé cuantas cosas más. Tanto es así que de vez en cuando me tengo que arremangar y hacer limpieza porque lo dejan todo hecho un asco.
—Nieves ¿quién te puso el nombre?-dijo Angustias en tono desenfadado.
— ¿Y a ti?
—Anda, pues a mi quien iba a ser: mi madre que para eso la suya se llamaba así y como es tan religiosa-respondió Angustias.
—Por ahí te vas a escapar. Fue un pastor, para no variar, que andaba un día por aquí con las cabras y no habían hecho más que depositarme en lo alto de una mata, cuando me vio y como esta es una zona donde nieva con frecuencia, el buen hombre pensó que yo era un copo de nieve que había tomado esta forma, me buscó un recoveco apropiado y durante un tiempo tan sólo sabía él de mi existencia, hasta que un día con unas copitas de más se fue de la lengua, se enteró el cura del pueblo y se presentó aquí con una comitiva que sin venir a cuento, porque yo estaba más tiesa que todas las cosas, se arrodillaron, lanzaron plegarias al cielo y al grito de ¡la virgen, la virgen!, el pastor añadió ¡de las nieves!, ¡de las nieves! Y se me quedó el nombre, que a mi no me gusta mucho porque eso delimita mi parcela creativa, pero ¿qué le vamos a hacer?, los feligreses son así.
— ¡Oiga! Ha dicho usted…
…/… Continúa en La Virgen de las Nieves (3)

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La Virgen de las Nieves (1)

Octubre9

LA VIRGEN DE LAS NIEVES
Los coches quedaron aparcados en un terraplén amarillento, desde el que se podía divisar una amplia panorámica de la población. A juzgar por la cantidad de humo que salía por las chimeneas, se podía adivinar que el termómetro estaba bajo mínimos. En cuanto dejaron la confortabilidad del vehículo y tomaron contacto con la realidad del ambiente, tuvieron que echar mano de abrigos, chubasqueros, gorros y guantes adecuados porque hacía un frío que no lo soportaban ni los grajos. Un poco más lejos, el gran farallón donde habitaban los buitres, se presentaba cubierto de una densa niebla que impedía saber si se encontraban por allí, o estaban en otros parajes más cálidos. Cogieron sus bastones de senderistas y casi sin poder hablar, se apretaron las correas y decidieron afrontar la cuesta que tenían por delante. Como siempre El Jefe comenzó a tirar del grupo y dada la dificultad orográfica, éste se desgranó en los primeros metros de subida y cada cual utilizaba sus propios recursos para encontrar aire y seguir subiendo; Joaquín insistía mucho en ello, pero nadie le echaba cuenta. “Hay que estirar, es necesario dedicarle diez minutos al estiramiento antes de ponerse a andar”. Sus palabras caían en saco roto porque la gente comenzaba a moverse y los músculos ya se irían calentando por la cuenta que les tiene; al final de la jornada nadie se quejaba, pero las molestias eran evidentes. Desde arriba la panorámica no había mejorado mucho, y apenas se podía ver unos metros más allá de donde se encontraban; el sendero costaba trabajo seguirlo y tan sólo la intuición de El Jefe, curtido en situaciones similares, hacía que se fuese en la dirección adecuada. Las grandes rocas aparecían a los lados del camino, como si fuesen orondos seres que vigilaban el paso del grupo, unos tenían ojos de lechuza, otros brazos de gigante, otros esbeltos cuerpos semidesnudos y de vez en cuando aparecía un quejigo con sus ramas desnudas y su tronco horadado, que parecía estar invitando a que se penetrase en sus entrañas. No se movía el aire, caía una fina lluvia que se clavaba en la punta de la nariz como lápiz afilado, y la niebla cada vez era más espesa; algunos habían tomado la resolución de estirar los palos, y formar una cadena humana donde cada cual sujetaba el palo del que iba delante. La marcha era lenta, los plásticos cubrían los cuerpos evitando una transpiración adecuada, y los pies comenzaban a sentirse algo húmedos. En estas condiciones hubo quien alzó la voz manifestando su intención de no continuar. Se produjo un parón en la cadena, un corrillo de parlanchines y un intercambio de impresiones, que dio como resultado la división del grupo, de tal manera que sólo siguieron hacia delante cinco personas, entre ellas dos mujeres: Angustias y Mercedes, que junto a Joaquín, Justo y El Jefe formaban el quinteto. Una vez que ya lo tenía claro, reanudaron la marcha, y en un nevero que apareció de repente casi a sus pies, se detuvieron para refugiarse del frío reinante, pero las condiciones del habitáculo tampoco eran las más idóneas, porque a cielo abierto por mucho que se pegaran a la pared del pequeño círculo, el castañeo de los dientes no había forma de controlarlo. Así que trazaron dos o tres líneas maestras, se ajustaron las mochilas al cuerpo y uno tras otro comenzaron a caminar. No se escuchaba más que el roce de los pantalones con el plástico, y el crujir de las piedras al pisar con las botas de campo. La niebla continuaba espesa y los animales aguardaban en sus refugios de invierno a que mejorasen las condiciones meteorológicas. Se iban dando turnos en la cabecera del grupo para que la marcha fuese más relajada, y en uno de estos turnos dirigidos por Mercedes, ésta les hizo detener a todos para comentarles lo que venía observando desde hacía varios metros: daba la sensación de que el camino estaba marcado por unas manchas azules, que aparecían y desaparecían intermitentemente. El Jefe también se había dado cuenta de esta circunstancia, pero no tenía claro si era producto de su imaginación o realmente las manchas existían. Ninguno conocía este tipo de señalizaciones por lo que le parecieron algo extrañas, pero dada las condiciones del día lo mejor era seguirlas que les llevarían a algún sitio, siempre sería mejor eso, que andar dando vueltas sin saber qué podían encontrarse unos metros más adelante. Justo hizo algunos chistes al respecto y entre bromas y veras se iban pasando las horas, y la niebla no se disipaba ni el frío cesaba ni se veía nada que les orientase en aquel laberinto de rocas. Cuando las sombras comenzaron a meter el miedo en el cuerpo a más de uno, y se había descartado toda posibilidad de volver atrás, las caras tomaron un rictus de preocupación porque todos ellos se estaban dando cuenta que se habían perdido. Allí no había mapas que orientasen, ni brújulas, ni móviles que funcionasen. Se habían dejado llevar por la intuición y el conocimiento de la sierra, y ahora se hallaban en medio de una situación que comenzaba a ser acojonante.
— ¡La línea!-gritó Angustias-.Lo mejor será que sigamos la línea, esa era la idea que traíamos y no debemos abandonarla.
…/…Continua en La virgen de las Nieves (2)rá

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Cuaderno de viajes: Buenos Aires (6)

Septiembre30

CostaneraSur
Sábado, 8 de Julio de 2006

De las pocas noticias que nos llegan de España, sabemos que por allí anda el Papa y que los sanfermines han comenzado la absurda cuenta de los heridos por asta de toro.- La mañana amenaza lluvia, aunque salimos como todos los días porque la temperatura sigue siendo muy buena.- Aquí mismo en las tapias del cementerio se monta un mercadillo, tipo sevillano, donde cada cual vende lo que puede, casi todo artesanal.- Adquirimos nuestra primera taza de mate aunque aún no sabemos a que sabe.- Descubrimos que tenemos muy cerca la Facultad de Derecho en un edificio antiguo de grandes escalinatas.- Vemos la primera bandera española junto a la italiana en una pancarta que cuelga sobre un puente peatonal en la Avenida Libertador.- Nos acercamos a la zona portuaria buscando la Reserva ecológica Costanera.- Por el camino podemos observar la monumentabilidad de los edificios modernos de gran altura, rectos, de fachadas acristaladas que rompen el cielo con su estatura.- Atravesamos en taxi Puerto Madero, lugar lujoso que ya visitaremos y nos adentramos en Costanera Sur.- El taxista amablemente nos da un vueltecita por el monumento a los Reyes Católicos, situado en un extremo del Parque y rodeado de un ambiente inhóspito: no hacemos comentarios.- Nos encontramos ante la primera laguna y las primeras fotos a unas fochas bonaerenses hambrientas que no les importa estar cerca de la gente.- Nos adentramos por una pista de tierra, recorrida por ciclistas y gente practicando deporte entre algún que otro caminante.- Entre fotos y paseo agradable llegamos al Río de la Plata, esa enormidad de río con sus olas y buques navegando como en mar adentro.- Un parque lleno de boyscauts nos sirve de lugar de descanso y desde allí para no perder las costumbres propias de la gente de Driades, cogemos por el camino equivocado y nos vemos forzados a salir por otra puerta que no pretendíamos.- Al poco nos vemos sentados en un restaurante italiano degustando tallarines a los cuatro quesos y merluza rebosada: Todo rico.- Culmina el momento con un buen tazón de café y la incertidumbre de saber sin los portugueses podrán con los alemanes.- Como ya sabemos el terreno que pisamos, nos pasamos por la Avenida Corrientes para sacar las entradas para Les Luthiers y ni cortos ni perezosos las cogemos para este mismo día en vista de que había sitio.- Desde que salimos del restaurante la tarde se mete en agua, así que nos refugiamos en nuestra querida Azcuénaga hasta que pase la tormenta.- A las nueve de la noche ya estamos arregladitos y dispuestos para asistir a nuestra primera función teatral.- El teatro Rex nos espera y aunque no es nada espectacular si es bastante grande y de butacas cómodas auque no modernas.- Les Luthiers están algo más flojo de lo habitual aunque es una gozada comprobar como se les quiere por esta tierra: y por más que el acomodador se empeña en situarnos en los asientos que no nos corresponde, disfrutamos del espectáculo todo lo que podemos.- Con esto y un alfajor que nos habían regalado por la calle nos metemos en la cama sin más preámbulos.-

Cuaderno de campo: acebo

Septiembre14

Acebo1Conecté con este árbol un día de Inmaculada en la Sierra de Segura y Las Villas. La tarde era gris, y el acebo formaba una línea ascendente a ambos lados de una vera, mezclándose entre pinos arropado por un enmarañado verdor. El viento me sopló al oído que lo que tenía ante mis ojos era una representación de la familia AQUIFOLIACEAS del género Ilex, de hojas elípticas y cuyos frutos aún permanecían ocultos a mi curiosidad de observador. Un poco más abajo, en un caserío semioculto, humeaba una chimenea, y el aire traía ese olor a cuero quemado, tan propio de nuestras sierras, cuando de obtener beneficios del cerdo se trata; una señora sentada ante un lebrillo se esmeraba en los embutidos, mientras otras cuantas personas le buscaban un buen clavo a las patas limpias de sangre, brillando al frescor matutino. No demasiado lejos de este lugar, “Las Acebeas”, campamento juvenil que dormitaba de la presencia humana, haciendo crecer hierba en aquellos espacios donde el sol veraniego castigaría a su debido tiempo; las tiendas de campaña, el fuego, el bullicio, quedaban entrecomillados, tan sólo unos perros guardaban celosamente el único techo del campamento. Por allí merodeaban los ciervos y el arrendajo, y contemplando el juego amoroso de los buitres nos acercamos por carreteras sinuosas hasta Segura de la Sierra, con su castillo mudéjar, enclavado en un picacho desafiando leyes físicas. Oteadero perfecto en el que el poeta Jorge Manrique decidió establecer parte de su vida, y al que por supuesto la población serrana tiene dedicada una placa, y muestra orgullosa la casa a aquellos pasajeros que deseen visitarla. No muy lejos está El Yelmo (1809), impresionante elevación desde cuya cima parece estar uno a las puertas del cielo. Siles, Santiago de la Espada, Hornos, son otros nombres que debemos apuntar también en nuestra agenda, si queremos tener una idea preclara de este paraje declarado Parque Natural desde 1986 y que abarca una superficie aproximada de 214.300 has.
Volviendo un poco al acebo, conviene saber que esta especie presenta una gran variedad de hojas y frutos, ya que lo mismo nos llega de América que de Asia. Existiendo por tanto muchos híbridos aunque la conocida agrupación de bayas rojas pasa por ser una de las más espectaculares. El acebo se ha plantado tradicionalmente para favorecer los bosques destinados a la protección y alimentación del ganado. Requiere cierta humedad y no soporta las sequías prolongadas. Es un reducto de la vegetación lauroiede que cubrió antaño buena parte de Europa. El acebo además de refugio y aislante térmico, ofrece sus hojas y frutos a multitud de herbívoros; actúa a la vez como abrigo y como fuente de alimento. Las aves – ¿cómo no? -, colaboran en la dispersión de sus semillas, en agradecimiento a los dones que el árbol ofrece.

Del árbol

Agosto26

CIMG1903

Del árbol
n
o
r
e
i
g
r
u
s
ramas
verdes y cartilaginosas.
Encandilaron mi mente
y atrofiaron las
horas tristes.
Las noches y los días
sumaban secuencias
de sección continua y
mis ojos sólo veían en
una dirección.
Las ramas CrecirErOn
vigorosas y cada instante
que pasaba
buscaban el Sol
con más libertad. Las horas
dejaron de sobrepasar
los sesenta minutos
y el reencuentro con la
pluma, se hizo
inexcusable.
Dos r a m a s más
tiene mi árbol
y hasta llegado ese momento
no he sabido lo
que significa
ser portador de la savia elaborada.
Daba igual que floreciera
como el más frondoso
del bosque.
Cuando mis oídos se LLENARON
de vocecillas verdes brillantes;
cuando mis brazos sirvieron
de improvisado co pio…
lum
Una linterna de minero
fue abriendo camino
por las intrincadas galerías
de mi ser.
Dos r a m a s,
dos dispares r a m a s,
que me hacen fortalecer
las raíces
y aspirar gas carbónico
con ansias infinitas. Un día
oí hablar
y sonaron lejanas campanas
inaudibles.
Las sucesivas ca
i
d
a
s
de la hoja
me ayudaron a percibir
el metálico sonido.
Tú, lluvia
de los tiempos,
aguja frágil de temporada…
Riega abundante
mis entrañas
y permite cubrir de verde
esas maleables r a m a s
de las que ya
he comenzado
a hablar.

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El Teléfono (y 3)

Julio21

…/Viene de El Teléfono (2)

Cuando llegó la noche, él no tuvo paciencia para esperar que sonase de nuevo el teléfono, y una vez que su esposa comenzó a roncar en el calorcito del mullido sofá, bajó el volumen del televisor y esperó diez minutos a que de verdad estuviese dormida, entonces apagó el aparato y la convenció para llevarla a la cama, con la excusa de que ya había terminado la película y él se quería poner a leer un rato. Le prometió no tardar mucho y cerró la puerta de la habitación. Una vez a solas, escuchando únicamente el tic-tac del despertador o el rac-rac de las termitas, tomó el libro que tenía encima de la mesa, buscó el marcador de páginas, se ajustó las gafas, se acomodó y fue incapaz de leer tres líneas seguidas; el teléfono situado en la mesita y al alcance de la mano, era como una tentación: ¿tardaría mucho en sonar?, porque él estaba convencido de que más tarde o más temprano terminaría por hacerlo. Lo cogió, le puso la pestaña de sonido en la opción de suave y lo depositó encima de sus piernas, y miró el cable que a modo de rizado rabo, se balanceaba, y no sabía por donde coger el asunto para aclararse un poco. Ni leía, ni pensaba, así que le fue venciendo el sueño, terminó por inclinar medio cuerpo sobre el cojín y se quedó dormido. Se despertó bruscamente, cogió el auricular y comenzó a hablar, pero nadie respondía, se frotó los ojos y se percató de que lo había estado soñando. Se tuvo que levantar a buscar agua en la cocina, porque la cena parece que le dejó demasiado seco el tracto digestivo, y fue justo en ese preciso momento cuando volvió a escuchar el sonido del teléfono. Corrió hacia el sofá y se abalanzó al auricular para evitar que siguiera vibrando; tomó aire, esperó unos segundos para comprobar que todo seguía en calma y que su esposa no diera muestras de estar despierta. Cuando acercó su oído al auricular descubrió que se trataba de la voz de su padre, que seguía muy interesado por la situación de sus nietos y el futuro que les esperaba. Él lo tranquilizó porque en el fondo eran buenos chicos y seguro que eso estaría por encima de los vicios adquiridos, y al final llegaría un momento en que no tendrían más remedio que valerse por ellos mismos, les costaría más trabajo, se les haría más duro, pero la ley de la supervivencia estaría por encima de todo y ya se cuidarían de administrar sus bienes por la cuenta que les traía. El abuelo no lo tenía del todo claro, porque veía que su hijo era muy blando, que con la edad que tenían sus nietos, tenían que estar más que espabilados y no pensando a que dedicarse, que a ver quien iba a trabajar para los jubilados como la cosa siguiese así.”¡Que pena, ni que pena!, los hijos no pueden dar pena, esa es tu equivocación, no hay que dárselo todo hecho, deja que se equivoquen, que se vayan, que parezca que no te quieren, la fuerza de la sangre está por encima de todo eso y llegará el día en que volverán y estarán contigo, ¿no ves como has vuelto tu a mi, a pesar del tiempo que hacía que no pisabas esta casa?”. Aquí se le encendieron las luces y a punto estuvo de colgar el auricular; la voz de su padre cada vez se oía más lejana y por más intentos que hizo por aumentar el volumen del teléfono, ésta terminó por apagarse no quedándole otro remedio que colgar. Se refugió en la franela de las sábanas y el calor de la mujer. Al día siguiente tocaba regresar a la ciudad, al encuentro con los hijos y tenía que cerrar los ojos por los menos una rato, la cabeza le pesaba más de la cuenta. En el camino de vuelta, ella le estuvo preguntando por la lectura del libro de la noche anterior, por el desarrollo del mismo; él tuvo que hacer un gran esfuerzo imaginativo, porque apenas conocía de ese libro más que dos páginas, y ante la insistencia y por miedo a que fuese a descubrir las alucinantes conversaciones con su padre, le fue contando la historia de un hijo que se pone a hablar con su difunto padre a través de un teléfono, que no tiene línea y que sin que se diese cuenta su esposa, charlan y charlan de asuntos generacionales y de lo difícil que resulta a veces cortar el cordón umbilical, es como si fuese ese cable de teléfono, que sin estar conectado mantiene la posibilidad de comunicarse. Le contó y le contó pero el desenlace final no se lo supo explicar, porque no había llegado al final del libro. Ella se acicaló el pelo y le dijo: “ pues el final es que el protagonista tenía tanta preocupación por el factor generacional, que fue capaz de llevar su mente a una situación de catarsis tal, que realmente hablaba con su padre”. Él se quedó blanco, la miró de reojo y le dijo: “¿Y tu como lo sabes?”. “Porque yo si he llegado al final del libro”.

ndo llegó la noche, él no tuvo paciencia para esperar que sonase de nuevo el teléfono, y una vez que su esposa comenzó a roncar en el calorcito del mullido sofá, bajó el volumen del televisor y esperó diez minutos a que de verdad estuviese dormida, entonces apagó el aparato y la convenció para llevarla a la cama, con la excusa de que ya había terminado la película y él se quería poner a leer un rato. Le prometió no tardar mucho y cerró la puerta de la habitación. Una vez a solas, escuchando únicamente el tic-tac del despertador o el rac-rac de las termitas, tomó el libro que tenía encima de la mesa, buscó el marcador de páginas, se ajustó las gafas, se acomodó y fue incapaz de leer tres líneas seguidas; el teléfono situado en la mesita y al alcance de la mano, era como una tentación: ¿tardaría mucho en sonar?, porque él estaba convencido de que más tarde o más temprano terminaría por hacerlo. Lo cogió, le puso la pestaña de sonido en la opción de suave y lo depositó encima de sus piernas, y miró el cable que a modo de rizado rabo, se balanceaba, y no sabía por donde coger el asunto para aclararse un poco. Ni leía, ni pensaba, así que le fue venciendo el sueño, terminó por inclinar medio cuerpo sobre el cojín y se quedó dormido. Se despertó bruscamente, cogió el auricular y comenzó a hablar, pero nadie respondía, se frotó los ojos y se percató de que lo había estado soñando. Se tuvo que levantar a buscar agua en la cocina, porque la cena parece que le dejó demasiado seco el tracto digestivo, y fue justo en ese preciso momento cuando volvió a escuchar el sonido del teléfono. Corrió hacia el sofá y se abalanzó al auricular para evitar que siguiera vibrando; tomó aire, esperó unos segundos para comprobar que todo seguía en calma y que su esposa no diera muestras de estar despierta. Cuando acercó su oído al auricular descubrió que se trataba de la voz de su padre, que seguía muy interesado por la situación de sus nietos y el futuro que les esperaba. Él lo tranquilizó porque en el fondo eran buenos chicos y seguro que eso estaría por encima de los vicios adquiridos, y al final llegaría un momento en que no tendrían más remedio que valerse por ellos mismos, les costaría más trabajo, se les haría más duro, pero la ley de la supervivencia estaría por encima de todo y ya se cuidarían de administrar sus bienes por la cuenta que les traía. El abuelo no lo tenía del todo claro, porque veía que su hijo era muy blando, que con la edad que tenían sus nietos, tenían que estar más que espabilados y no pensando a que dedicarse, que a ver quien iba a trabajar para los jubilados como la cosa siguiese así.”¡Que pena, ni que pena!, los hijos no pueden dar pena, esa es tu equivocación, no hay que dárselo todo hecho, deja que se equivoquen, que se vayan, que parezca que no te quieren, la fuerza de la sangre está por encima de todo eso y llegará el día en que volverán y estarán contigo, ¿no ves como has vuelto tu a mi, a pesar del tiempo que hacía que no pisabas esta casa?”. Aquí se le encendieron las luces y a punto estuvo de colgar el auricular; la voz de su padre cada vez se oía más lejana y por más intentos que hizo por aumentar el volumen del teléfono, ésta terminó por apagarse no quedándole otro remedio que colgar. Se refugió en la franela de las sábanas y el calor de la mujer. Al día siguiente tocaba regresar a la ciudad, al encuentro con los hijos y tenía que cerrar los ojos por los menos una rato, la cabeza le pesaba más de la cuenta. En el camino de vuelta, ella le estuvo preguntando por la lectura del libro de la noche anterior, por el desarrollo del mismo; él tuvo que hacer un gran esfuerzo imaginativo, porque apenas conocía de ese libro más que dos páginas, y ante la insistencia y por miedo a que fuese a descubrir las alucinantes conversaciones con su padre, le fue contando la historia de un hijo que se pone a hablar con su difunto padre a través de un teléfono, que no tiene línea y que sin que se diese cuenta su esposa, charlan y charlan de asuntos generacionales y de lo difícil que resulta a veces cortar el cordón umbilical, es como si fuese ese cable de teléfono, que sin estar conectado mantiene la posibilidad de comunicarse. Le contó y le contó pero el desenlace final no se lo supo explicar, porque no había llegado al final del libro. Ella se acicaló el pelo y le dijo: “ pues el final es que el protagonista tenía tanta preocupación por el factor generacional, que fue capaz de llevar su mente a una situación de catarsis tal, que realmente hablaba con su padre”. Él se quedó blanco, la miró de reojo y le dijo: “¿Y tu como lo sabes?”. “Porque yo si he llegado al final del libro”.

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