La página de Arruillo

Una página abierta a la imaginación

Una granja muy particular (2)

agosto31

…/…Viene de “Una granja muy particular (1)”

Maite se presentó un día en su casa con el gato en una caja junto a una botella de suero que se le estaba suministrando; ella llegó confiada porque todo el tiempo en que había estado junto al minino, éste estaba sedado y apenas se movía, con el colocón que tenía en lo alto ya iba bien servido, pero en el trayecto de la clínica donde lo habían atendido hasta el piso de Maite, el gato se había espabilado y cuando lo colocó en el suelo para cerrar la puerta, el animal se lanzó en alocada carrera sin importarle el artilugio que llevaba adosado a su cuello, ni la botella de suero. El primero en dar la voz de alarma fue Luís, que cuando vio al felino, revoloteaba por todo el piso como si hubiese visto al mismísimo demonio. Los gritos de Luís alertaron a Canela que comenzó a ladrar sin ton ni son, pero por si acaso era necesaria su presencia. Dionisio en vista de los acontecimientos, abandonó sus minutos de sol en la terraza y dirigió el hocico hacia su bunker privado para casos excepcionales; el asunto presentaba mal aspecto y entre las macetas se abría paso con las uñas, hasta conseguir meter la coraza, lo demás era ya cuestión de tiempo. Josefa encontró la puerta del aseo entreabierta y no lo dudó; de un salto se metió dentro de la bañera, que aunque no tenía agua, siempre había posibilidad de que la tuviese, y además allí se encontraba ella más segura. La tía de Maite tenía la tele encendida y el volumen adecuado a su oído, así que de momento estaba ausente, la madre había salido de compras y el padre que se estaba afeitando, tuvo que abandonar tan humilde tarea, y con la toalla reliada al cuello se asomó al pasillo para ver cual era la causa de tan singular alboroto. Mini después de recorrerse gran parte de la casa arrastrando la botella, con Canela a la retaguardia y Luís cerca del lomo, terminó por encontrar un hueco debajo del mueble bar, donde no le llegaba la furia de la perra y era un terreno demasiado peligroso para que el periquito se atreviese a meter baza. Los acontecimientos discurrían a tal velocidad, que a la muchacha apenas le dio tiempo de salir de la misma baldosa en todo el rato, parecía una directora de una loca orquesta con los brazos en alto y mandando órdenes a las que nadie obedecía. La paz llegó con la colaboración del padre de la muchacha, que se llevó a la perra a la terraza y luego tuvo que buscar en la caja de herramientas para ponerse unos gruesos guantes, meter las manos debajo del mueble y extraer al minino que se encontraba en un estado de excitación al borde del infarto.

Maite salía de vez en cuando al campo formando parte de un grupo de amigos, que aprovechaban los efluvios primaverales para entregarse al juego amoroso. Ella distraía su mente con el vuelo de una mariposa que se posaba en una flor, justo al lado de un abejorro que cimbreaba sus alas y alargaba la trompa para alimentarse de polen, al rato salía marcado de amarillo en busca de otra planta en la que libar. Ahora eran las peripecias de un trepador azul las que tenían enajenada a Maite: aparecía y desaparecía en el tronco de la encina, dejándose ver pero guardando las distancias. El recuerdo de Luís se le hacía imprescindible – ¡cuánto disfrutaría su periquito entre tanta rama!-. Pero ella sabía que eso no era posible, aún recuerda aquel otro que tuviera y que en un exceso de confianza, partió sin pedir permiso y todavía lo está esperando. Las aves tienen sus propios instintos y hay que saber hasta donde se les puede permitir moverse. Las voces de sus amigos le sacan de su mundo y le animan a que acuda a la barbacoa, para departir con ellos esas chuletas que huelen que alimentan. Maite se fija durante el almuerzo en aquel chico que siempre le gustó, pero mantenerle la mirada o contestar a sus preguntas le resulta tan difícil, que tiene que desviar la vista y fijarse en el vuelo de la cigüeña o el trinar del pinzón. Cuando ve la actitud de sus amigos, piensa que porqué no puede ella comportarse igual y dejarse acariciar por alguien; está cansada de ver películas en la tele y a veces no se puede contener y tiene que levantarse del sofá con un estado de inquietud que no acierta a comprender… Pero es que en vivo y en directo, ¿Qué tiene que hacer ella para que aquel chico se le acerque? No se atreve a hablar con nadie de este tema y la vez que Canela quedó preñada por un descuido, lo pasó tan mal que de nada sirvió el gozo de ver los cuatro cachorros que tuvo; menos mal que todavía Josefa no había llegado a la casa y que pudo colocar a las crías antes de que cumpliesen un año. Pero la escena aquella de los dos perros enganchados por la parte trasera, tirando uno para cada lado como si estuvieran pegados con superglue, le resultó tan extraña que casi no reconocía ni a su propia perra. Por un instante parecía que se hubiese transformado en un ser deforme de dos cabezas de vértices opuestos. Los documentales de la dos eran una cosa y el directo otra, así que no tenía nada claro como funcionaba eso del himeneo.

Cada vez que salía fuera de la ciudad llegaba con tal carga de felicidad en sus poros, que luego se pasaba varios días repartiendo besos a diestro y siniestro; su pequeño zoológico recibía mejores atenciones y su trabajo en la asociación de defensa de los animales se volvía más meticuloso. Sus padres se alegraban de ese estado de Maite, pero en el fondo no podían ocultar la gran preocupación que sentían por ella, tan desamparada. ¿Qué ocurriría el día que ellos faltasen? Conseguir un trabajo digno era difícil, encontrar alguna alma gemela con quien compartir su vida, más todavía y además no tenía la suficiente destreza como para vivir sola, aunque fuese en medio de aquella jauría que tanto le gustaba. Ya no era una niña, su hermana no parecía tener predisposición de ayudar mucho y en la tía no se pensaba por razones evidentes.

…/…Continuará

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Una granja muy particular (1)

agosto24

Maite vivía en la ciudad, aunque su vocación siempre tuvo que ver con los animales del campo; a ella le daba igual el tipo de paisaje que apareciera en su retina, o los diferentes usos que el hombre le ha dado al medio a lo largo de la historia. Del campo lo único que le interesaba eran los seres vivos que lo pueblan, y como no vivía en el campo convirtió la casa de sus padres en un zoológico – algo ilógico por las dimensiones de la vivienda-. De movimientos algo torpes, le hubiera gustado estudiar veterinaria pero su cabeza no daba para tanto y se tuvo que conformar con un curso de formación profesional, que le sirvió durante un tiempo para trabajar en una clínica veterinaria donde la explotaban.
Tenía una pata que se llamaba Josefa, a la que metía de vez en cuando en la bañera para que se hiciera a la idea de lo que podría ser un lago. Maite se sentaba en la taza del water con la fregona en la mano y le daba migas de pan a Josefa. Canela – su perra – era la que marcaba el tiempo que ella y la pata debían permanecer juntas, porque los celos traicionaban a la perra, y no les permitía que estuviesen demasiado rato encerradas en el cuarto de baño, tanto es así que tuvo que llegar a un acuerdo con su padre – el de Maite –, para que en el turno de baño de Josefa, sacase a pasear a Canela y las dejase tranquilas. La perra aceptaba de muy malas ganas, consciente de que la estaban engañando, pero por otra parte tampoco quería desaprovechar la oportunidad de manchar la acera un poquito. Cuando eso ocurría, Maite aprovechaba la ocasión y dejaba entrar en el cuarto de baño a Dionisio, una tortuga macho que con aquel ambiente húmedo se paseaba alrededor de la taza del water y el bidé, y trataba de escalar por los azulejos, siempre con resultado negativo. Lucía Dionisio en su coraza un pequeño cascabel para permitir tenerlo localizado, y al mismo tiempo como señal de alarma porque cuando sonaba demasiado es que Canela se estaba pasando, y andaba a mordiscos con el pobre tortugo, que tenía marcados los dientes del cánido por todas partes. Maite acudía presta y le armaba una buena reprimenda a la perra, que con el rabo entre las patas y la cabeza gacha reconocía su error. Pasado un tiempo se le olvidaba y vuelta a empezar. En una jaula que se encontraba en la habitación de la muchacha, vivía un periquito que pasaba por ser el rey de la casa. De vivos colores y más atrevido que nadie, tenía la puerta de la jaula siempre abierta, para que entrase y saliese cuado le diera la gana. Se llamaba Luís y a excepción de las horas nocturnas, que se las pasaba en su palo echo un ovillo, el resto del día no paraba de un lado para otro charla que te charla. Tan solo se callaba cuando se posaba en el hombro de Maite, su padre o su madre, porque con la hermana o con la tía no compartía demasiada amistad; la una porque paraba poco en casa y le resultaba extraña, y la otra porque le interesaba más contemplar la televisión que estar pendiente de las gracietas de Luís, aunque Maite se desternillaba de risa cada vez que el pájaro se acercaba por el sillón de la tía. Aquello era un reto, se miraban a los ojos, el pájaro daba un saltito de aproximación y la señora acercaba a su mano el abanico, un movimiento de cabeza aviar y la mano sobre el abanico. Se hacía el silencio, cada cual mantenía sus posiciones, a partir de ahí cualquier cosa podía pasar, y lo que pasaba por lo general es que la señora nunca acertaba con el intento de sacudirle, y el pájaro terminaba por hacerle un vuelo rasante cerca de la cabeza que la sacaba de quicio. A Maite le encantaba esta situación, y como ninguno de los dos implicados sufría daño alguno, dejaba que se desarrollase la escena cada vez que fuese necesario. Con la muchacha se portaba Luís de otra manera, era más dicharachero, le daba picotazos suaves en la oreja y en la comisura de los labios, y obedecía sus mandamientos sin rechistar; de otra manera ya habría sido víctima de alguna descarga eléctrica, porque se llevaba parte del día de lámpara en lámpara, boca arriba, boca abajo, con una pata, con las dos, estirando las alas (no cesaba su actividad hasta oír la voz de la muchacha), y pendiente de los demás animales para ver si comían algo o no. Durante un tiempo Luís se tuvo que acostumbrar a la presencia en la casa de Mini, un gato callejero que llegó a manos de Maite desde la asociación de defensa de los animales, en la que prestaba su colaboración. El pobre gato había cogido una infección intestinal y requería de unos cuidados muy especiales, que en la asociación no podían dispensarle porque no se paraba.

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Contenedores (y3)

junio8

…/…Viene de Contenedores (2)

Se hizo la noche y allí seguía, sintió como si llamasen a la tapa-puerta y con toda la familiaridad de la que era capaz, como si se tratase de la puerta de su chabola, levantó un poco la portezuela y se introdujo en ella una bolsa que colgaba de unos dedos. Como veía que no acababa de caer la bolsa, la sujetó con una de sus manos, mientras que con la otra sostenía la tapa, entonces los dedos cedieron en la pinza que ejercían sobre la bolsa y se esfumaron. Ni dio las gracias. Pasó directamente a la inspección ocular del contenido de la bolsa porque oler, olía bien y estaba hasta calentita, así que no era cosa de perder el tiempo no fuera a ser que se enfriara. Se acomodó, extrajo el contenido y se le pusieron los ojos a cuadritos, cuando vio aquella apetitosa pizza que tan sólo conocía de la propaganda que encontraba entre los cartones, con el queso fundido chorreando por sus bordes y los trocitos de bacón incrustados en la masa; le lanzó dos primeros mordiscos que se manchó hasta las orejas, luego mientras engullía tanteó la bolsa y se dio cuenta que había algo más: una cosa como cilíndrica, que no estaba caliente. “Anda la leche”, una lata de cerveza que no estaba vacía; tiró de la anilla con tanto ímpetu que salió el espumoso líquido buscando aire libre y le dio una ducha con olor a cebada.

No había hecho más que expeler el tercer eructo cuando de nuevo sintió que alguien merodeaba por los alrededores. Se encogió y permaneció en silencio. En vista de cómo iba la jornada lo mejor era relajarse y esperar acontecimientos. De nuevo una mano que asoma, una bolsa que cuelga y los ojos del Marué que no se lo creen. Un ligero balanceo de la bolsa le hacen sospechar que o la coge o se puede llevar allí bailando toda la noche, así que estira su brazo y se apodera de ella. Al cogerla, con sus dedos roza los dedos que sujetan la bolsa y experimenta una sensación placentera que le hace chiribitas en la boca del estómago; quiere dar el paso de asomarse a ver de quien se trata, pero le falta ese último impulso y los pasos suenan a retirada, así que se deja llevar por los instintos, vuelve al rincón y al desabrochar la bolsa se encuentra con un apetitoso pastel de manzana al que no le ganan ni los del escaparate de la Cafetería Estepona. Del pastel no dejó ni el molde; pasó su lengua una y otra vez por la base de cartón hasta dejarla reluciente. Ni se había puesto los pantalones, olvidó por completo el motivo de su presencia en ese receptáculo y cayó en un estado de somnolencia, que lo llevó al poco rato a estirarse todo lo que pudo sobre los cartones y quedarse dormido como un bendito.

El peso de la noche cayó sobre la ciudad y los operarios del servicio de recogida de basura comenzaron a desplegarse con sus enormes vehículos articulados, cómodamente instalados en la cabina de los camiones. Por eso al llegar el turno de recoger el contenedor en el que se hallaba el Marué, nadie oyó sus gritos tratando de salir del mismo, peleándose con la trampa-puerta allá en lo alto como si estuviese en los cacharritos de la calle del Infierno. Por el barrio donde vivía imperaba la miseria y nadie lo echó en falta, ni siquiera su madre-abuela que bastante tenía con sobrevivir evitando, que ningún indeseable se le instalara en la chabola, aunque dicen por otros sectores de la ciudad, que ese muchacho que pasea del brazo de la Luci, tan bien arreglado y lustroso, es la viva estampa de aquella cabeza estropajosa, que se llevaba todo el día entrando y saliendo de los contenedores de basura.

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Contenedores (2)

mayo31
…/…Viene de Contenedores (1)

Una vida muy aburrida para un personaje de novela como él, por eso el destino le tenía preparada una sorpresa: cierto día en que le dio un apretón en un lugar menos frecuentado por él, hizo lo de costumbre, se dirigió a los contenedores, levantó la tapa de cada uno de ellos y en el que le pareció más adecuado se metió con la misma naturalidad que solía hacerlo a diario, aunque en esta ocasión ya había notado que en aquel habitáculo de plástico pasaba algo raro, pero como iba a lo que iba, se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones y cuando se disponía a agacharse para hacer sus necesidades, escuchó un ligero susurro: “Espera un momento Marué, ¿qué vas a hacer?” Marué se levantó los pantalones, se dio con las greñas en la tapa del contenedor y no podía creer que estuviera acompañado, ¿quién era ese tío que estaba dentro del basurero, si eso era patrimonio suyo? Lo miró de arriba abajo sin decir palabra, se sentó en un rincón y le dijo: ¿Tienes un cigarro?”Claro que tenía un cigarro, precisamente se ocultaba en el interior del contenedor porque estaba hasta las narices de que todo el mundo estuviese detrás de él recordándole lo malo que es fumar en el trabajo, en su casa, en la calle, es que no se podía fumar uno un cigarro a gusto, sin tener la presión de los demás encima de los hombros; no sentaba tan mal la nicotina como las miradas que le lanzaban unos y otros; él de por si que era tímido. No le había quedado más remedio que refugiarse en el contenedor, donde seguro que no molestaba a nadie ni nadie le llamaría la atención. Marué estaba alucinando con las cosas que le contaba su compañero, que hablaba por los codos pero que tenía cierta gracia al contarlo, y lo curioso es que a pesar del sitio donde estaban metidos, aquel hombre olía bien, no como él que entre lo poco que se lavaba y el oficio que se traía entre manos, andaba siempre rodeado de un tufo característico de su especie. Ni siquiera se había dado cuenta, que en el momento de aparecer entre las bolsas y los cartones le había llamado por su nombre como si lo conociese de toda la vida. El hombre le dijo que tenía alguna prisa, pero que no dejase de venir al día siguiente, porque le interesaba mucho seguir hablando con él, y además le prometió algunos euros de los de verdad, sin que tuviera que ponerse a trabajar ni nada de eso; sólo quería hablar con él.

El hombre se fue, asomándose poco a poco para no ser descubierto en su salida del artilugio urbano, y Marué sin darle demasiada importancia a lo que le había ocurrido, volvió a desabrocharse el cinturón, que en realidad era por lo que estaba allí; pero antes de que pudiera agacharse, oyó pasos cerca del contenedor y se contuvo un instante. Se ocultó detrás de un cartón y esperó acontecimientos. La tapa-puerta fue descubriéndose lentamente y sin ver bien que ocurría, si se pudo dar cuenta de que alguien estaba entrando en el recinto. Buscó un resquicio por donde mirar y se encontró de buenas a primeras con el muslo de una gachí como las que veía en las revistas de las puertas de atrás de los quioscos. Quiso cerrar los ojos pero estos se negaron a obedecerle, por el contrario sus menudos dedos fueron proporcionándole un mayor ángulo de visión de aquel espectáculo a todas luces inesperado. La joven comenzó a quitarse ropa como si estuviese en el hall de su casa y al Marué cada vez era más difícil controlar sus impulsos. En su puñetera vida había estado tan cerca de una cosa tan apetitosa como aquella. Es que no tenía más que alargar un poco la mano y ya podía tocarla. Cuando ésta se encontraba tan sólo con las bragas y el sujetador como únicas prendas sobre su cuerpo, a los oídos del Marué le llegó una canción: “Venga muchachote, sal de ahí que te estoy esperando”. De un manotazo mandó a hacer puñetas el cartón que le ocultaba y se abalanzó sobre Luci como un león en celo. “Tranquilo muchacho, despacito que no tenemos prisa”. Marué era sordomudo provisional, sus tentáculos tocaban todo lo que podían y con los labios enrojecidos pretendió dar un repaso generalizado por toda la anatomía de la muchacha. Luci lo desnudó con gran habilidad, le clavó sus dedos en aquellas nalgas oscuras y lo apretó contra su cuerpo provocándole un estado de catarsis que dejó a Marué boca arriba pero entero. Luci maniobró adecuadamente, acomodó su cintura el movimiento convulsivo de Marué y lo fue domando poco a poco. Ella no tenía claro si terminaría impregnada del mismo color que el muchacho porque ambos sudaban como si estuviesen en una sauna, cerró los ojos y se dedicó a disfrutar del momento, hasta que aquel pedazo de carbón expelió un alarido que hizo tamborilear la tapa-puerta. Mientras él recuperaba el aliento, ella se fue vistiendo y acicalando, abrió su bolso, le puso en la mano unos cuantos cigarrillos y antes de que dijese nada, besó sus labios. “Mañana te espero a la misma hora, no me faltes” y como quien no quiere la cosa abrió la puerta, miró a un lado y a otro y saltó al exterior. Marué estaba en ese momento que no sabía si pellizcarse, pegarse dos bofetadas en cada moflete o irse para la unidad de psiquiatría del tirón. Pasó una hora arrinconado, fumando sin parar, desnudo como dos días después de venir al mundo, y tratando de interiorizar lo que pasaba en ese contenedor del que no quería salir por nada que le ofreciesen.

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Contenedores (1)

mayo20

Es fino como un alambre y con una pelambrera estropajosa que le hace fácilmente identificable por cualquier calle. De andar ligero, casi siempre va solo, contándose a si mismo lo difícil que está el tráfico y encima el gracioso ese todos los días, pone el coche en el mismo paso de cebra, que no sé para que se gastan dinero en hacer el rebaje de las aceras, cuando le van a tener que poner alas a las sillas de ruedas. Los botines semidesabrochados en alguna ocasión tuvieron un color determinado, pero ya hace tiempo que no se sabe bien si son blancos, marrones o con listas azuladas. Viéndole caminar parece imposible que no tropiece consigo mismo, porque tiene un movimiento de caderas que le hacen castañear las rodillas; pantalones vaqueros que le arrastran, hasta el punto de tenerlos deshilachados por la parte baja; una camisa mal abrochada y a veces un jersey con el cuello en la espalda, como de ponérselo de prisa y corriendo todas las mañanas, y no acertar nunca que es palante y que es patrás. Su mundo discurre entre contenedores de basura donde busca y rebusca para llenar hasta las trancas del carrito de carrefur, habilitado para estos menesteres. Lo del reciclaje aún no lo tiene claro el personal, y a él le viene divino que se siga tirando de todo al contenedor gris de residuos domésticos. Antes era distinto, porque con el cartón y el papel podía mal que bien buscarse la vida, pero desde que pusieron tantos impedimentos para sacar el papel de los contenedores y pagarlo además tan bajo, no merecía la pena jugarse el tipo y tener que pelearse con los municipales cada dos por tres, así que con lo del biombo gris va tirando. Aparenta treinta y pico de años, aunque nunca se sabe, es esas circunstancias lo de menos es la edad y lo demás buscarse el sustento diario; con frecuencia camina junto a él una señora encorvada, de menor estatura y que lo mismo puede ser su madre que su abuela. Gesticulan mucho con las manos, como si nunca encontrasen la palabra justa que encaje en la conversación. Pero él se ve que está, en lo que está y no hay un solo contenedor por el que pase, al que no tenga que asomarse, remover un poco y en su caso apartar algo en el suelo, por si luego a la vuelta le viene bien llevárselo a la chabola. La mujer le suelta una reprimenda en un jerga difícilmente inteligible, pero que fijándose un poco viene más o menos a decirle, que deje eso para luego que ahora tiene prisa, que tienen que estar a las tantas en el médico y que si no fuera por ella, ya se habría quedado tieso en el interior de uno de esos cacharros de la basura. Y no le faltaba razón a la señora porque el muchacho echaba tantas peonadas alrededor de los contenedores, que en más de una ocasión se metía dentro, cerraba la tapa y allí como una rata en vaqueros y con greñas husmeaba, rebuscaba y hacía todas sus necesidades con la mayor naturalidad del mundo. Por la noche llegaba el camión de la basura, recogía y a la mañana siguiente todo volvía a comenzar de nuevo.

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La carta (y3 )

marzo10

 

…/…Viene de La carta (2)

 

 

Unas hojas del calendario más y nos encontramos al dinámico profesor caminando por el pasillo del centro educativo, cartera en mano, y con la mente puesta en la próxima reunión del claustro. Al llegar a la sala de reuniones, un compañero le avisa que le han estado buscando, que se trata de una mujer y que le había dicho que volvería. Fue a sentarse, pero de pronto se le vino a la mente una instantánea de una persona que vio en el pasillo, y que le pareció que le había mirado. Soltó la cartera y el abrigo, volvió sobre sus pasos y al mirar al fondo del pasillo divisó a la mujer que prácticamente no se había movido del mismo sitio, se acercó a ella y le dijo:

— ¿Perdone, me buscaba a mi? Soy Juan…

No le dio tiempo a terminar la frase, la mujer – algo más baja que él – se le quedó mirando tan fijamente que Juan comprendió al instante que se hallaba ante aquellas esmeraldas que tan bien conocía, y que nunca a pesar de paso de los años, había conseguido borrar de su cabeza. Se abrazaron como dos jóvenes enamorados, fundieron sus cuerpos dando marcha atrás en el reloj como si nada significasen los cuatro pelos que le quedaban a Juan, ni el tinte que no llegaba a la raíz, lucido por Carmen. Fue un instante mágico, al que siguieron dos sinceros besos en la mejilla y un apretón de manos. Querían decirse tantas cosas en ese momento que no acertaban a moverse ni que actitud tomar. Poco después estaban en una cafetería donde Juan pudo oír de labios de Carmen, palabras tan dulces que parecía imposible que hubiesen pasado treinta años por su vidas.

Aquella noche no durmió, todo su cuerpo era un flan, su mente un continuo desfile de imágenes de cuando la conoció, del primer beso que se dieron con sabor a caramelo, de esos gestos que continuaban siendo los mismos, de esas lágrimas vertidas en la taza de café. Habían quedado para el día siguiente y él prometió llevarle el poemario, que con tanto cariño le dedicase y que esperaba su turno en el fondo del cajón, y no quería olvidarse de la carta que recibió del Jefe del Negociado de Estadística, para que ella le ratificase de viva voz que formaba parte de ese vagabundaje que había tejido durante tres décadas, hasta conseguir lo que iba a conseguir en las próximas horas. A Carmen le brillaban los ojos, hablaba con seguridad y transmitía una ternura que casi tenían mudo a Juan, a pesar de lo acostumbrado que estaba éste de tratar con sus alumnas y las madres de sus alumnas. Carmen le explicó dulcemente, que aún le quería y que a pesar de que la vida le había tratado bien y estaba contenta con su familia, nada ni nadie habían logrado borrarlo de su mente. Si había removido cielo y tierra hasta conseguir tenerlo frente a frente, era nada más que para decirle eso mirándole a los ojos. No quería abandonar su familia, ni comenzar otra vida, ni volverse loca, pero tampoco quería dejar el mundo de los vivos sin haber tenido la oportunidad de decir lo que ahora estaba diciendo. A Juan se le formó tal nudo en la garganta que apenas le quedaban palabras de agradecimiento; le entregó el poemario, tomó sus manos y le dedicó el más cálido beso que jamás hubiese imaginado. Se abrazaron, se besaron en la mejilla y se dijeron adiós.

Al quedarse solo, Juan desplegó la misiva que en su día le enviara el Ayuntamiento, volvió a leerla una vez más y la estrujó contra su pecho, teniendo la sensación de haberse convertido en ese momento en el hombre más afortunado que habitaba sobre la Tierra. Un sol espléndido iluminaba la amplia avenida, por la que regresaba a su trabajo.

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La carta (2)

marzo2

…/…Viene de La carta (1)

Poco a poco le iban entrando ganas de coger la carta y pegarle fuego, porque ya le estaba comiendo la moral, pero cada vez que la tenía delante de sus ojos y contemplaba a aquel sello de tinta azul con el NODO en el centro y la firma tan rimbombante del Jefe del Negociado, se le abrían las carnes de pensar que habría detrás de aquella solicitud. Las hojas del calendario fueron cayendo y el misterio de la carta a Juan se le escapaba de las manos, así que la misiva pasó a formar parte de ese montón de legajos que tenía archivados en un AZ con el subtitulo de “Varios”.
Un día al salir de clase lo llamaron de secretaría para decirle que tenía una llamada. Atendió de prisa y corriendo al último alumno que le solicitaba explicación de algo que no había entendido, y cogió el teléfono; entre la bulla del exterior y la de los compañeros que se encontraban en la misma habitación, no acertaba a enterarse bien quien era la persona que se encontraba al otro lado de la línea; se tapó con la mano izquierda el oído correspondiente a esa parte de su anatomía, y entonces si pudo oír nítidamente una voz femenina que preguntaba por él, dándole toda clase de muestras de conocerlo, puesto que además de mencionar su nombre y dos apellidos del tirón, le trataba con tanta familiaridad que parecía que se veían a diario. Juan no acertaba a saber de quien se trataba; esa forma de hablar, ese acento tan fino no era propio de Sevilla y no podía ser ninguna trampa, porque las referencias que hacía la muchacha pertenecían a su intimidad. Cuando le dijo su nombre, tuvo que buscar asiento porque no podía creer que fuese la misma persona que él estaba pensando. Ella le explicó como había dado con la Academia donde trabajaba, y pudo comprobar que había llevado a cabo una tarea de investigación que ya quisieran para si los mejores detectives de la ciudad. No se podía imaginar como luego de tantos años, esa mujer que había formado una familia, que tenía tres hijos y cuya vida discurría tan lejos de Sevilla, aún conservase el recuerdo y el cariño de aquel joven con el que un día soñó conquistar la luna. Durante unos meses mantuvieron una relación telefónica que le traían a Juan con un tremendo dolor de cabeza, porque no sabía como afrontar la realidad y tampoco sabía si en el fondo sentía algo por esa mujer que otrora le cautivó, pero que luego de veinte años, si conseguía verla, no sabía cual sería su reacción. Recordaba la esmeralda de sus ojos y el trigal de su pelo, y aquel poemario que un día le dedicara y que ella nunca pudo tener en sus manos. No comprendía por qué se separaron, por qué no respondió a sus continuas llamadas y por qué ella estaba casada y con tres hijos y él seguía soltero y sin pintas de formar un hogar. El trabajo le absorbía la mente y el recuerdo de aquella mujer se terminó esfumando, cuando ella le planteó que sus hijos parecían sospechar algo, y que era mejor dejar las llamadas para evitar males mayores. Juan entendió el mensaje y Carmen volvió a ocupar ese lugar en que se encontraba antes de la primera llamada a la secretaría de la Academia.

…/…Continúa en La carta (3)

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La carta (1)

febrero23

Llegó el 7 de Marzo y como toda correspondencia oficial le metió el miedo en el cuerpo, pensando que se trataba de algún asunto indeseable. Pero no fue así, aquella carta que el funcionario depositó en el buzón decía literalmente: “ A través del presente escrito cúmpleme informarle que se ha interesado telefónicamente por Vd. Dª Tere Navarro Sánchez, de Pego (Alicante) cuyo teléfono es el 388439.

Lo que le comunico a los efectos de que si lo estima oportuno nos de autorización para darle su domicilio a este señora”.

Firmaba la misma el Jefe del Negociado de Estadística del Ayuntamiento de Sevilla.

A Juan ni le decía nada el nombre de la tal Tere, ni había estado en su vida en Pego, ni aquel número de teléfono le era familiar en absoluto. Le tranquilizó mucho saber que no se trataba de ninguna multa, embargo, impago de impuestos o cualquier otra trampa desconocida que le reclamase el Ayuntamiento. Así que de entrada arrinconó la carta y continuó el diario ir y venir a la Academia donde impartía sus clases. Pero algo había en esa historia que no encajaba; demasiada formalidad para tratarse de un simple domicilio, con la gran cantidad de propaganda que recogía a diario del buzón con su nombre y dos apellidos bien claritos, como si el remitente de turno fuese un conocido de toda la vida. Regalos de todo tipo, viajes gratis y vacaciones pagadas, de todo llegaba a la dirección que más bien parecía la de un personaje popular que le llueven las ofertas que la de un simple currante, que se tiene que levantar todos los días a las siete de la mañana para ganarse el pan. Así que esa formalidad no encajaba, algo no iba bien y como él era persona de amplios recursos y poco aguante cuando algo le corroe, llamó al Negociado de Estadística para interesarse por ese extraño envío y para aclarar si se trataba de una equivocación. Allí le confirmaron que todo era correcto y que no había dudas, ya que coincidía hasta su número de carné. Como todo le sonaba a chino, denegó la autorización. Todo esto ya le llevó unos cuantos días dándole vueltas a los datos de la carta, a ver donde podía encontrar una pista que le orientase sobre su protagonismo. Por supuesto el nombre de Tere no le decía absolutamente nada, ni esos apellidos tampoco. Repasó el listado de alumnas que había tenido – guardar papeles era su obsesión – porque el de amantes no hacía falta repasarlo, le escaseaban tanto que se sabía muy bien los datos concernientes a cada una de ellas. El pueblo le decía tan poco como nada, una vez estuvo en Alicante, pero en Pego no tenía conciencia de haber estado, y mucho menos haber trabado amistad con nadie, así que no le quedaba otro camino que llamar al número de teléfono que se le indicaba en la carta. Nada tenía que perder por hacerlo, y por el contrario sí que podía ganar aclarando aquella situación que le distraía de su trabajo; pero fue otro intento banal, porque en ese número nadie respondía fuese cual fuese la hora en la que realizaba la llamada. Se interesó a través de la Compañía Telefónica por averiguar a quien correspondía ese número de teléfono, pero no se lo pusieron nada fácil y después de varios intentos terminó por aburrirse y desistir.

…/…Continúa en La carta (2)

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La Virgen de las Nieves (y4)

diciembre4

…/…Viene de La Virgen de las Nieves (3)

La luz blanquecina del fondo de la cueva parecía desplazarse en medio de la oscuridad, y la voz angelical también pareció cambiar de tono, ahora se escuchaba como más recia, más varonil. El haz de luz se dividió y todos los allí presentes se dieron cuenta de que se iba aproximando hacia ellos . “¿Nieves?” – dijo El Jefe -. Hubo una respuesta que no se sabía bien que decía, a la que siguió otra hasta que se pudo percibir un claro “¿Hay alguien ahí?” Las luciérnagas se convirtieron en focos y en un momento los cinco amigos se vieron envueltos en unas cálidas mantas y en unas cuantas personas de uniforme que les preguntaban una y otra vez si se encontraban bien, si estaban todos conscientes, si había algún herido, si podían caminar. La cueva se convirtió en un disparatado ajetreo que en nada se parecía a la paz reinante unos minutos antes; hasta conseguir organizar la comitiva, el comandante tuvo que emplearse a fondo, pero al final lo consiguió y una vez comprobado que todo el mundo podía andar, dio la orden de partida y comenzó el desfile. A los cinco amigos los dejaron en el centro de la comitiva y una vez llegaron a los vehículos todo terreno que los transportarían hasta el pueblo, y antes de subir, miraron a la sierra, se cruzaron una mirada cómplice y fue Justo – la voz más potente de todas – quien se despojó de la manta, alzó los brazos al cielo y gritó con todas sus fuerzas: “¡Gracias, Virgen de las Nieves!” Unos finos copos habían comenzado a caer y las primeras luces del alba se habrían paso como podían aquel lunes tan especial para todos ellos.

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La Virgen de las Nieves (3)

noviembre16

…/…Viene de La Virgen de las Nieves (2) — ¡Perdona que te corte Joaquín! Puedes tutearme ¿eh? —¡Vale, vale!… has dicho que te depositaron aquí en el monte, pero ¿quién te depositó? — ¡Ya me gustaría a mi saberlo! Cuando estoy sola no veas tú la de vueltas que le doy yo al asunto, pero con el pastor no las tenía todas conmigo porque cada vez que intentaba sonsacarle algo – el pobre mío, murió ya -, le entraba una llantera que no había forma y aquí la gente no te informa de nada. Todo el que viene, no llega más que a pedir y a dejar desperdicios por aquí, así que con el paso del tiempo me acostumbré y me centré en lo mío: a rescatar senderistas. Bueno, y ahora dejad que pregunte yo, que para una vez que tengo la oportunidad de tener la cueva llena… — ¡Pregunta, pregunta!..Exclamó gozoso El Jefe. —A ver, Angustias ¿Tú porqué tienes nombre de virgen? ¡No serás…! — ¡Que va, que va! Una tiene ya tiros daos por todas partes. Como te decía antes, es cosa de familia. —Menos mal, eso ya me tranquiliza porque por aquí no quiero competencia, sabes, con la escasez que hay de clientes que encima te vengan a disputar el sitio. —Pues yo si soy virgen, y a mucha honra, ahora bien no quiero disputar nada, con salvar el pellejo esta noche ya me conformo…-dijo Mercedes. —Eso dalo por hecho que para eso estoy yo aquí. —A ver si yo me aclaro: me estáis formando un lío entre las tres con eso de las vírgenes que ya no sé si este asunto va de milagros o estamos ante una noche de orgía…-intervino Justo. — ¡Eeeeh! No te pases, ni metas más gente en la cueva que ya tengo hecho el cupo. Aquí la única virgen en el sentido estricto de la palabra soy yo, que no soy ni de carne ni de hueso, tus dos amigas estaban hablando en otros términos, pero vamos a dejar el tema que me voy a llevar alguna reprimenda y me van a rebajar el cupo de senderistas extraviados y la vamos a liar. — ¡Ea! Pues cambiemos de conversación. Nieves ¿de verdad que haces milagros?…-cortó Joaquín. —No lo tengo muy claro, porque a veces me dan ganas de empujar al precipicio a más de uno, después de haberlo tenido aquí toda una santa noche, pero vosotros tranquilos que me habéis caído bien y haré mi trabajo como el jefe manda. — ¿Quién yo? —Tu no, espabilado. El que está ahí arriba ¿o es que os creéis que aquí no hay control? Poco vigiladas que estamos, no puede una moverse de su puesto ni para ir al servicio, menos mal que de vez en cuando aparecen por aquí las marujas de turno y me dan un cambio de ropaje, que si no. ¿Por cierto he oído decir que ha habido cambios en Roma? ¿Son ciertos los rumores? —Pues si que andas atrasada, pues claro, murió el Papa polaco y eligieron a un alemán…le contestó Justo. — ¡Ratzinger! —Si —Lo suponía. A ver como nos va porque con Juan Pablo lo hemos tenido fácil y por lo menos no se ha metido en nuestro trabajo. Ha viajado mucho y ha estado en muchas partes, pero afortunadamente no se ha pronunciado sobre nuestro papel y eso siempre es bueno para la clase trabajadora. Las vírgenes como yo, lo que queremos es tranquilidad, aire puro, visitas de cortesía y que no falten los senderistas como vosotros para seguir año tras año aquí en lo alto de la sierra. La parafernalia de la ciudad o de los pueblos con esas multitudes y ese desfile interminable de besos y abrazos, no está echa para mi. Yo aquí en la sierra, dominando la situación y consintiendo que tan sólo de vez en cuando me acicalen un poco. —Ya me gustaría a mi una jubilación así…-soltó Joaquín. —Pues hijo, haz méritos ¿quién sabe? —En todo caso, eso me tocaría a mi que para eso soy mujer y…-cortó Mercedes. —No volvamos otra vez a las andadas. Cambiemos de tercio. Se me ocurre preguntar si alguno de los presentes es creyente…-medió El Jefe. — ¡Yo si!..-respondió exaltada Angustias. — ¡Yo también!..-le siguió Joaquín. — ¡Y yo!..-también Justo. —Yo a misa no voy, pero creo en Dios…-comentó más sincera Mercedes. — ¿Y tú Jefe?..-pregunto La Virgen. —Hombre, yo sé que algo debe haber porque a veces ocurren cosas que no se pueden explicar como no sea por la intervención de un Ser Supremo. — ¡Ya! Que bien habéis quedado todos. A mí que me vais a contar, con la de años que tengo yo y la de cosas que he visto. —Nieves, yo te juro…-se puso temeroso Justo. —Tú más vale que te calles, que te estás jugando el pellejo. —Es que una cosa es creer en Dios y otra seguir sus mandamientos…-dijo sensatamente Joaquín. —Y otra creer en los curas…-añadió El Jefe. —Esto ya va tomando otro cariz. Ahora si me vais pareciendo más leales con vosotros mismos. De verdad que me gustaría profundizar, pero estoy sintiendo una indisposición y me voy a tener que ausentar. — ¡Nos vas a dejas solos!…-exclamó sobresaltada Angustias

…/…Continúa en La Virgen de las Nieves (y4)

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