La página de Arruillo

Una página abierta a la imaginación

La carta (y3 )

Marzo10

 

…/…Viene de La carta (2)

 

 

Unas hojas del calendario más y nos encontramos al dinámico profesor caminando por el pasillo del centro educativo, cartera en mano, y con la mente puesta en la próxima reunión del claustro. Al llegar a la sala de reuniones, un compañero le avisa que le han estado buscando, que se trata de una mujer y que le había dicho que volvería. Fue a sentarse, pero de pronto se le vino a la mente una instantánea de una persona que vio en el pasillo, y que le pareció que le había mirado. Soltó la cartera y el abrigo, volvió sobre sus pasos y al mirar al fondo del pasillo divisó a la mujer que prácticamente no se había movido del mismo sitio, se acercó a ella y le dijo:

— ¿Perdone, me buscaba a mi? Soy Juan…

No le dio tiempo a terminar la frase, la mujer – algo más baja que él – se le quedó mirando tan fijamente que Juan comprendió al instante que se hallaba ante aquellas esmeraldas que tan bien conocía, y que nunca a pesar de paso de los años, había conseguido borrar de su cabeza. Se abrazaron como dos jóvenes enamorados, fundieron sus cuerpos dando marcha atrás en el reloj como si nada significasen los cuatro pelos que le quedaban a Juan, ni el tinte que no llegaba a la raíz, lucido por Carmen. Fue un instante mágico, al que siguieron dos sinceros besos en la mejilla y un apretón de manos. Querían decirse tantas cosas en ese momento que no acertaban a moverse ni que actitud tomar. Poco después estaban en una cafetería donde Juan pudo oír de labios de Carmen, palabras tan dulces que parecía imposible que hubiesen pasado treinta años por su vidas.

Aquella noche no durmió, todo su cuerpo era un flan, su mente un continuo desfile de imágenes de cuando la conoció, del primer beso que se dieron con sabor a caramelo, de esos gestos que continuaban siendo los mismos, de esas lágrimas vertidas en la taza de café. Habían quedado para el día siguiente y él prometió llevarle el poemario, que con tanto cariño le dedicase y que esperaba su turno en el fondo del cajón, y no quería olvidarse de la carta que recibió del Jefe del Negociado de Estadística, para que ella le ratificase de viva voz que formaba parte de ese vagabundaje que había tejido durante tres décadas, hasta conseguir lo que iba a conseguir en las próximas horas. A Carmen le brillaban los ojos, hablaba con seguridad y transmitía una ternura que casi tenían mudo a Juan, a pesar de lo acostumbrado que estaba éste de tratar con sus alumnas y las madres de sus alumnas. Carmen le explicó dulcemente, que aún le quería y que a pesar de que la vida le había tratado bien y estaba contenta con su familia, nada ni nadie habían logrado borrarlo de su mente. Si había removido cielo y tierra hasta conseguir tenerlo frente a frente, era nada más que para decirle eso mirándole a los ojos. No quería abandonar su familia, ni comenzar otra vida, ni volverse loca, pero tampoco quería dejar el mundo de los vivos sin haber tenido la oportunidad de decir lo que ahora estaba diciendo. A Juan se le formó tal nudo en la garganta que apenas le quedaban palabras de agradecimiento; le entregó el poemario, tomó sus manos y le dedicó el más cálido beso que jamás hubiese imaginado. Se abrazaron, se besaron en la mejilla y se dijeron adiós.

Al quedarse solo, Juan desplegó la misiva que en su día le enviara el Ayuntamiento, volvió a leerla una vez más y la estrujó contra su pecho, teniendo la sensación de haberse convertido en ese momento en el hombre más afortunado que habitaba sobre la Tierra. Un sol espléndido iluminaba la amplia avenida, por la que regresaba a su trabajo.

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La carta (2)

Marzo2

…/…Viene de La carta (1)

Poco a poco le iban entrando ganas de coger la carta y pegarle fuego, porque ya le estaba comiendo la moral, pero cada vez que la tenía delante de sus ojos y contemplaba a aquel sello de tinta azul con el NODO en el centro y la firma tan rimbombante del Jefe del Negociado, se le abrían las carnes de pensar que habría detrás de aquella solicitud. Las hojas del calendario fueron cayendo y el misterio de la carta a Juan se le escapaba de las manos, así que la misiva pasó a formar parte de ese montón de legajos que tenía archivados en un AZ con el subtitulo de “Varios”.
Un día al salir de clase lo llamaron de secretaría para decirle que tenía una llamada. Atendió de prisa y corriendo al último alumno que le solicitaba explicación de algo que no había entendido, y cogió el teléfono; entre la bulla del exterior y la de los compañeros que se encontraban en la misma habitación, no acertaba a enterarse bien quien era la persona que se encontraba al otro lado de la línea; se tapó con la mano izquierda el oído correspondiente a esa parte de su anatomía, y entonces si pudo oír nítidamente una voz femenina que preguntaba por él, dándole toda clase de muestras de conocerlo, puesto que además de mencionar su nombre y dos apellidos del tirón, le trataba con tanta familiaridad que parecía que se veían a diario. Juan no acertaba a saber de quien se trataba; esa forma de hablar, ese acento tan fino no era propio de Sevilla y no podía ser ninguna trampa, porque las referencias que hacía la muchacha pertenecían a su intimidad. Cuando le dijo su nombre, tuvo que buscar asiento porque no podía creer que fuese la misma persona que él estaba pensando. Ella le explicó como había dado con la Academia donde trabajaba, y pudo comprobar que había llevado a cabo una tarea de investigación que ya quisieran para si los mejores detectives de la ciudad. No se podía imaginar como luego de tantos años, esa mujer que había formado una familia, que tenía tres hijos y cuya vida discurría tan lejos de Sevilla, aún conservase el recuerdo y el cariño de aquel joven con el que un día soñó conquistar la luna. Durante unos meses mantuvieron una relación telefónica que le traían a Juan con un tremendo dolor de cabeza, porque no sabía como afrontar la realidad y tampoco sabía si en el fondo sentía algo por esa mujer que otrora le cautivó, pero que luego de veinte años, si conseguía verla, no sabía cual sería su reacción. Recordaba la esmeralda de sus ojos y el trigal de su pelo, y aquel poemario que un día le dedicara y que ella nunca pudo tener en sus manos. No comprendía por qué se separaron, por qué no respondió a sus continuas llamadas y por qué ella estaba casada y con tres hijos y él seguía soltero y sin pintas de formar un hogar. El trabajo le absorbía la mente y el recuerdo de aquella mujer se terminó esfumando, cuando ella le planteó que sus hijos parecían sospechar algo, y que era mejor dejar las llamadas para evitar males mayores. Juan entendió el mensaje y Carmen volvió a ocupar ese lugar en que se encontraba antes de la primera llamada a la secretaría de la Academia.

…/…Continúa en La carta (3)

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La carta (1)

Febrero23

Llegó el 7 de Marzo y como toda correspondencia oficial le metió el miedo en el cuerpo, pensando que se trataba de algún asunto indeseable. Pero no fue así, aquella carta que el funcionario depositó en el buzón decía literalmente: “ A través del presente escrito cúmpleme informarle que se ha interesado telefónicamente por Vd. Dª Tere Navarro Sánchez, de Pego (Alicante) cuyo teléfono es el 388439.

Lo que le comunico a los efectos de que si lo estima oportuno nos de autorización para darle su domicilio a este señora”.

Firmaba la misma el Jefe del Negociado de Estadística del Ayuntamiento de Sevilla.

A Juan ni le decía nada el nombre de la tal Tere, ni había estado en su vida en Pego, ni aquel número de teléfono le era familiar en absoluto. Le tranquilizó mucho saber que no se trataba de ninguna multa, embargo, impago de impuestos o cualquier otra trampa desconocida que le reclamase el Ayuntamiento. Así que de entrada arrinconó la carta y continuó el diario ir y venir a la Academia donde impartía sus clases. Pero algo había en esa historia que no encajaba; demasiada formalidad para tratarse de un simple domicilio, con la gran cantidad de propaganda que recogía a diario del buzón con su nombre y dos apellidos bien claritos, como si el remitente de turno fuese un conocido de toda la vida. Regalos de todo tipo, viajes gratis y vacaciones pagadas, de todo llegaba a la dirección que más bien parecía la de un personaje popular que le llueven las ofertas que la de un simple currante, que se tiene que levantar todos los días a las siete de la mañana para ganarse el pan. Así que esa formalidad no encajaba, algo no iba bien y como él era persona de amplios recursos y poco aguante cuando algo le corroe, llamó al Negociado de Estadística para interesarse por ese extraño envío y para aclarar si se trataba de una equivocación. Allí le confirmaron que todo era correcto y que no había dudas, ya que coincidía hasta su número de carné. Como todo le sonaba a chino, denegó la autorización. Todo esto ya le llevó unos cuantos días dándole vueltas a los datos de la carta, a ver donde podía encontrar una pista que le orientase sobre su protagonismo. Por supuesto el nombre de Tere no le decía absolutamente nada, ni esos apellidos tampoco. Repasó el listado de alumnas que había tenido – guardar papeles era su obsesión – porque el de amantes no hacía falta repasarlo, le escaseaban tanto que se sabía muy bien los datos concernientes a cada una de ellas. El pueblo le decía tan poco como nada, una vez estuvo en Alicante, pero en Pego no tenía conciencia de haber estado, y mucho menos haber trabado amistad con nadie, así que no le quedaba otro camino que llamar al número de teléfono que se le indicaba en la carta. Nada tenía que perder por hacerlo, y por el contrario sí que podía ganar aclarando aquella situación que le distraía de su trabajo; pero fue otro intento banal, porque en ese número nadie respondía fuese cual fuese la hora en la que realizaba la llamada. Se interesó a través de la Compañía Telefónica por averiguar a quien correspondía ese número de teléfono, pero no se lo pusieron nada fácil y después de varios intentos terminó por aburrirse y desistir.

…/…Continúa en La carta (2)

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La Virgen de las Nieves (y4)

Diciembre4

…/…Viene de La Virgen de las Nieves (3)

La luz blanquecina del fondo de la cueva parecía desplazarse en medio de la oscuridad, y la voz angelical también pareció cambiar de tono, ahora se escuchaba como más recia, más varonil. El haz de luz se dividió y todos los allí presentes se dieron cuenta de que se iba aproximando hacia ellos . “¿Nieves?” – dijo El Jefe -. Hubo una respuesta que no se sabía bien que decía, a la que siguió otra hasta que se pudo percibir un claro “¿Hay alguien ahí?” Las luciérnagas se convirtieron en focos y en un momento los cinco amigos se vieron envueltos en unas cálidas mantas y en unas cuantas personas de uniforme que les preguntaban una y otra vez si se encontraban bien, si estaban todos conscientes, si había algún herido, si podían caminar. La cueva se convirtió en un disparatado ajetreo que en nada se parecía a la paz reinante unos minutos antes; hasta conseguir organizar la comitiva, el comandante tuvo que emplearse a fondo, pero al final lo consiguió y una vez comprobado que todo el mundo podía andar, dio la orden de partida y comenzó el desfile. A los cinco amigos los dejaron en el centro de la comitiva y una vez llegaron a los vehículos todo terreno que los transportarían hasta el pueblo, y antes de subir, miraron a la sierra, se cruzaron una mirada cómplice y fue Justo – la voz más potente de todas – quien se despojó de la manta, alzó los brazos al cielo y gritó con todas sus fuerzas: “¡Gracias, Virgen de las Nieves!” Unos finos copos habían comenzado a caer y las primeras luces del alba se habrían paso como podían aquel lunes tan especial para todos ellos.

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La Virgen de las Nieves (3)

Noviembre16

…/…Viene de La Virgen de las Nieves (2) — ¡Perdona que te corte Joaquín! Puedes tutearme ¿eh? —¡Vale, vale!… has dicho que te depositaron aquí en el monte, pero ¿quién te depositó? — ¡Ya me gustaría a mi saberlo! Cuando estoy sola no veas tú la de vueltas que le doy yo al asunto, pero con el pastor no las tenía todas conmigo porque cada vez que intentaba sonsacarle algo – el pobre mío, murió ya -, le entraba una llantera que no había forma y aquí la gente no te informa de nada. Todo el que viene, no llega más que a pedir y a dejar desperdicios por aquí, así que con el paso del tiempo me acostumbré y me centré en lo mío: a rescatar senderistas. Bueno, y ahora dejad que pregunte yo, que para una vez que tengo la oportunidad de tener la cueva llena… — ¡Pregunta, pregunta!..Exclamó gozoso El Jefe. —A ver, Angustias ¿Tú porqué tienes nombre de virgen? ¡No serás…! — ¡Que va, que va! Una tiene ya tiros daos por todas partes. Como te decía antes, es cosa de familia. —Menos mal, eso ya me tranquiliza porque por aquí no quiero competencia, sabes, con la escasez que hay de clientes que encima te vengan a disputar el sitio. —Pues yo si soy virgen, y a mucha honra, ahora bien no quiero disputar nada, con salvar el pellejo esta noche ya me conformo…-dijo Mercedes. —Eso dalo por hecho que para eso estoy yo aquí. —A ver si yo me aclaro: me estáis formando un lío entre las tres con eso de las vírgenes que ya no sé si este asunto va de milagros o estamos ante una noche de orgía…-intervino Justo. — ¡Eeeeh! No te pases, ni metas más gente en la cueva que ya tengo hecho el cupo. Aquí la única virgen en el sentido estricto de la palabra soy yo, que no soy ni de carne ni de hueso, tus dos amigas estaban hablando en otros términos, pero vamos a dejar el tema que me voy a llevar alguna reprimenda y me van a rebajar el cupo de senderistas extraviados y la vamos a liar. — ¡Ea! Pues cambiemos de conversación. Nieves ¿de verdad que haces milagros?…-cortó Joaquín. —No lo tengo muy claro, porque a veces me dan ganas de empujar al precipicio a más de uno, después de haberlo tenido aquí toda una santa noche, pero vosotros tranquilos que me habéis caído bien y haré mi trabajo como el jefe manda. — ¿Quién yo? —Tu no, espabilado. El que está ahí arriba ¿o es que os creéis que aquí no hay control? Poco vigiladas que estamos, no puede una moverse de su puesto ni para ir al servicio, menos mal que de vez en cuando aparecen por aquí las marujas de turno y me dan un cambio de ropaje, que si no. ¿Por cierto he oído decir que ha habido cambios en Roma? ¿Son ciertos los rumores? —Pues si que andas atrasada, pues claro, murió el Papa polaco y eligieron a un alemán…le contestó Justo. — ¡Ratzinger! —Si —Lo suponía. A ver como nos va porque con Juan Pablo lo hemos tenido fácil y por lo menos no se ha metido en nuestro trabajo. Ha viajado mucho y ha estado en muchas partes, pero afortunadamente no se ha pronunciado sobre nuestro papel y eso siempre es bueno para la clase trabajadora. Las vírgenes como yo, lo que queremos es tranquilidad, aire puro, visitas de cortesía y que no falten los senderistas como vosotros para seguir año tras año aquí en lo alto de la sierra. La parafernalia de la ciudad o de los pueblos con esas multitudes y ese desfile interminable de besos y abrazos, no está echa para mi. Yo aquí en la sierra, dominando la situación y consintiendo que tan sólo de vez en cuando me acicalen un poco. —Ya me gustaría a mi una jubilación así…-soltó Joaquín. —Pues hijo, haz méritos ¿quién sabe? —En todo caso, eso me tocaría a mi que para eso soy mujer y…-cortó Mercedes. —No volvamos otra vez a las andadas. Cambiemos de tercio. Se me ocurre preguntar si alguno de los presentes es creyente…-medió El Jefe. — ¡Yo si!..-respondió exaltada Angustias. — ¡Yo también!..-le siguió Joaquín. — ¡Y yo!..-también Justo. —Yo a misa no voy, pero creo en Dios…-comentó más sincera Mercedes. — ¿Y tú Jefe?..-pregunto La Virgen. —Hombre, yo sé que algo debe haber porque a veces ocurren cosas que no se pueden explicar como no sea por la intervención de un Ser Supremo. — ¡Ya! Que bien habéis quedado todos. A mí que me vais a contar, con la de años que tengo yo y la de cosas que he visto. —Nieves, yo te juro…-se puso temeroso Justo. —Tú más vale que te calles, que te estás jugando el pellejo. —Es que una cosa es creer en Dios y otra seguir sus mandamientos…-dijo sensatamente Joaquín. —Y otra creer en los curas…-añadió El Jefe. —Esto ya va tomando otro cariz. Ahora si me vais pareciendo más leales con vosotros mismos. De verdad que me gustaría profundizar, pero estoy sintiendo una indisposición y me voy a tener que ausentar. — ¡Nos vas a dejas solos!…-exclamó sobresaltada Angustias

…/…Continúa en La Virgen de las Nieves (y4)

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La virgen de las Nieves (2)

Octubre29

…/…Viene de La virgen de las Nieves (1)
La línea, marcas azules en el suelo, se veían ahora mejor que nunca, parecía que brillaban más conforme la noche iba extendiendo su manto. Se miraron unos a otros, se repartieron algunos frutos secos, formaron la cadena de los palos y con El Jefe a la cabeza retornaron la marcha. Sin dejar de estar presente la niebla fue dejando paso a las sombras, y como las manchas azules continuaban guiando el camino, no pararon de andar hasta encontrarse en una especie de cueva escarbada en la pared. Allí se arrinconaron todo lo que pudieron para darse calor unos a otros, dispuestos a pasar la noche, porque allí les habían traído las marcas y porque nadie se atrevía a continuar en aquellas condiciones. Comieron algo, bebieron y no paraban de charlar temiendo que al dormirse alguno de ellos, fuese el fin, porque el frío era difícil de combatir. Mantenían una calma relativa, cuando de forma suave se fue iluminando una pequeña mancha en la pared de enfrente, que a Justo le pareció la alucinación previa a la perdida de conciencia, pero al poco tiempo Angustias no pudo más y dijo entrecortada: “¿Estáis viendo lo mismo que yo?””Yo veo una figura, dijo Joaquín” “Yo creo que se mueve”, dijo El Jefe. Mercedes no acertó a decir nada, y mucho menos cuando la figura fue tomando forma, y en medio de la oscuridad reinante podía verse con todo lujo de detalles la cara de lo que parecía una virgen tocada con un mantón y del tamaño de una persona de mediana estatura. Allí se hizo el silencio. Los cinco quedaron petrificados al tiempo que la figura se humanizaba. “Bienvenidos”, pareció decir. Nadie contestó. “¡Bienvenidos!”, repitió en un tono más alto. Mercedes miró a Justo, Joaquín a Angustias y El Jefe que era el que más cerca estaba de la figura y el de mayor edad de los cinco, le tocó romper el hielo: “Hola”, dijo por decir algo. “Ya veo que habéis decidido hacerme compañía esta noche, sed bienvenidos”. “¡Hola! ¿Quién eres tú?”, preguntó Joaquín. “La Virgen de las Nieves, protectora de los desamparados, luz y guía de los senderistas”.
— ¿De los senderistas?-preguntó Mercedes.
— ¡Si de los senderistas! ¿De qué te extrañas?-respondió La Virgen-. Alguien tiene que cuidar de las cabezas locas como vosotros. A vuestra edad y andar perdidos por el monte ¡Qué vergüenza!
—Por mi madre de mi alma, llevarme a un bar que esto tiene que ser muy grave. ¿De verdad estoy ante una virgen?-expresó tembloroso Joaquín.
—Así es Joaquín-contestó La Virgen-. No debes preocuparte que mientras estéis en mi morada estaréis a salvo, relajaos y contadme algo de vosotros que así haremos la noche más corta.
—Aunque sea nada más que por preguntar, ¿cómo te llamas?-dijo muy sereno El Jefe.
—Ya lo he dicho, Nieves.
— ¡Anda como mi prima!-exclamó Angustias.
—Eso, tú encima anímala para que sea más familiar el encuentro-cortó Mercedes.
—No creas Mercedes, no tengo yo mucho mundo porque la cobertura aquí es escasa, fijaos que hasta que no habéis estado a unos trescientos metros de mi morada no tenía claro a quien me tocaba proteger esta noche.
— ¿Ah, pero esto no es diario?-preguntó Joaquín.
—No hombre, no todos los días se pierde la gente en el monte. Es cosa de los fines de semana, hay cada despistado por ahí que para que os voy a contar, se lanzan al monte como el que va al mercado de la esquina y si no estuviera una por aquí ibais a caer muchos, no creas.
—Hombre, eso siempre es un alivio-intervino Justo.
— ¡Tu calla pecador! Que ya sé que no pisas una iglesia ni por casualidad, así que no sé ni como tengo valor para protegerte, porque una es buena, que si no.
—Está bien Nieves, no te enfades. Perdona que te tutee, pera ya que vamos a echar unas horillas más vale que estemos en buena armonía. ¿Y cuando estás sola no te aburres aquí en la cueva?-Intervino El Jefe.
—No creas, no me faltan las visitas, vienen a traerme flores, a rezarme, a pedirme cosas inconfesables, a dejarme comida, amuletos y no sé cuantas cosas más. Tanto es así que de vez en cuando me tengo que arremangar y hacer limpieza porque lo dejan todo hecho un asco.
—Nieves ¿quién te puso el nombre?-dijo Angustias en tono desenfadado.
— ¿Y a ti?
—Anda, pues a mi quien iba a ser: mi madre que para eso la suya se llamaba así y como es tan religiosa-respondió Angustias.
—Por ahí te vas a escapar. Fue un pastor, para no variar, que andaba un día por aquí con las cabras y no habían hecho más que depositarme en lo alto de una mata, cuando me vio y como esta es una zona donde nieva con frecuencia, el buen hombre pensó que yo era un copo de nieve que había tomado esta forma, me buscó un recoveco apropiado y durante un tiempo tan sólo sabía él de mi existencia, hasta que un día con unas copitas de más se fue de la lengua, se enteró el cura del pueblo y se presentó aquí con una comitiva que sin venir a cuento, porque yo estaba más tiesa que todas las cosas, se arrodillaron, lanzaron plegarias al cielo y al grito de ¡la virgen, la virgen!, el pastor añadió ¡de las nieves!, ¡de las nieves! Y se me quedó el nombre, que a mi no me gusta mucho porque eso delimita mi parcela creativa, pero ¿qué le vamos a hacer?, los feligreses son así.
— ¡Oiga! Ha dicho usted…
…/… Continúa en La Virgen de las Nieves (3)

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La Virgen de las Nieves (1)

Octubre9

LA VIRGEN DE LAS NIEVES
Los coches quedaron aparcados en un terraplén amarillento, desde el que se podía divisar una amplia panorámica de la población. A juzgar por la cantidad de humo que salía por las chimeneas, se podía adivinar que el termómetro estaba bajo mínimos. En cuanto dejaron la confortabilidad del vehículo y tomaron contacto con la realidad del ambiente, tuvieron que echar mano de abrigos, chubasqueros, gorros y guantes adecuados porque hacía un frío que no lo soportaban ni los grajos. Un poco más lejos, el gran farallón donde habitaban los buitres, se presentaba cubierto de una densa niebla que impedía saber si se encontraban por allí, o estaban en otros parajes más cálidos. Cogieron sus bastones de senderistas y casi sin poder hablar, se apretaron las correas y decidieron afrontar la cuesta que tenían por delante. Como siempre El Jefe comenzó a tirar del grupo y dada la dificultad orográfica, éste se desgranó en los primeros metros de subida y cada cual utilizaba sus propios recursos para encontrar aire y seguir subiendo; Joaquín insistía mucho en ello, pero nadie le echaba cuenta. “Hay que estirar, es necesario dedicarle diez minutos al estiramiento antes de ponerse a andar”. Sus palabras caían en saco roto porque la gente comenzaba a moverse y los músculos ya se irían calentando por la cuenta que les tiene; al final de la jornada nadie se quejaba, pero las molestias eran evidentes. Desde arriba la panorámica no había mejorado mucho, y apenas se podía ver unos metros más allá de donde se encontraban; el sendero costaba trabajo seguirlo y tan sólo la intuición de El Jefe, curtido en situaciones similares, hacía que se fuese en la dirección adecuada. Las grandes rocas aparecían a los lados del camino, como si fuesen orondos seres que vigilaban el paso del grupo, unos tenían ojos de lechuza, otros brazos de gigante, otros esbeltos cuerpos semidesnudos y de vez en cuando aparecía un quejigo con sus ramas desnudas y su tronco horadado, que parecía estar invitando a que se penetrase en sus entrañas. No se movía el aire, caía una fina lluvia que se clavaba en la punta de la nariz como lápiz afilado, y la niebla cada vez era más espesa; algunos habían tomado la resolución de estirar los palos, y formar una cadena humana donde cada cual sujetaba el palo del que iba delante. La marcha era lenta, los plásticos cubrían los cuerpos evitando una transpiración adecuada, y los pies comenzaban a sentirse algo húmedos. En estas condiciones hubo quien alzó la voz manifestando su intención de no continuar. Se produjo un parón en la cadena, un corrillo de parlanchines y un intercambio de impresiones, que dio como resultado la división del grupo, de tal manera que sólo siguieron hacia delante cinco personas, entre ellas dos mujeres: Angustias y Mercedes, que junto a Joaquín, Justo y El Jefe formaban el quinteto. Una vez que ya lo tenía claro, reanudaron la marcha, y en un nevero que apareció de repente casi a sus pies, se detuvieron para refugiarse del frío reinante, pero las condiciones del habitáculo tampoco eran las más idóneas, porque a cielo abierto por mucho que se pegaran a la pared del pequeño círculo, el castañeo de los dientes no había forma de controlarlo. Así que trazaron dos o tres líneas maestras, se ajustaron las mochilas al cuerpo y uno tras otro comenzaron a caminar. No se escuchaba más que el roce de los pantalones con el plástico, y el crujir de las piedras al pisar con las botas de campo. La niebla continuaba espesa y los animales aguardaban en sus refugios de invierno a que mejorasen las condiciones meteorológicas. Se iban dando turnos en la cabecera del grupo para que la marcha fuese más relajada, y en uno de estos turnos dirigidos por Mercedes, ésta les hizo detener a todos para comentarles lo que venía observando desde hacía varios metros: daba la sensación de que el camino estaba marcado por unas manchas azules, que aparecían y desaparecían intermitentemente. El Jefe también se había dado cuenta de esta circunstancia, pero no tenía claro si era producto de su imaginación o realmente las manchas existían. Ninguno conocía este tipo de señalizaciones por lo que le parecieron algo extrañas, pero dada las condiciones del día lo mejor era seguirlas que les llevarían a algún sitio, siempre sería mejor eso, que andar dando vueltas sin saber qué podían encontrarse unos metros más adelante. Justo hizo algunos chistes al respecto y entre bromas y veras se iban pasando las horas, y la niebla no se disipaba ni el frío cesaba ni se veía nada que les orientase en aquel laberinto de rocas. Cuando las sombras comenzaron a meter el miedo en el cuerpo a más de uno, y se había descartado toda posibilidad de volver atrás, las caras tomaron un rictus de preocupación porque todos ellos se estaban dando cuenta que se habían perdido. Allí no había mapas que orientasen, ni brújulas, ni móviles que funcionasen. Se habían dejado llevar por la intuición y el conocimiento de la sierra, y ahora se hallaban en medio de una situación que comenzaba a ser acojonante.
— ¡La línea!-gritó Angustias-.Lo mejor será que sigamos la línea, esa era la idea que traíamos y no debemos abandonarla.
…/…Continua en La virgen de las Nieves (2)rá

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El Teléfono (y 3)

Julio21

…/Viene de El Teléfono (2)

Cuando llegó la noche, él no tuvo paciencia para esperar que sonase de nuevo el teléfono, y una vez que su esposa comenzó a roncar en el calorcito del mullido sofá, bajó el volumen del televisor y esperó diez minutos a que de verdad estuviese dormida, entonces apagó el aparato y la convenció para llevarla a la cama, con la excusa de que ya había terminado la película y él se quería poner a leer un rato. Le prometió no tardar mucho y cerró la puerta de la habitación. Una vez a solas, escuchando únicamente el tic-tac del despertador o el rac-rac de las termitas, tomó el libro que tenía encima de la mesa, buscó el marcador de páginas, se ajustó las gafas, se acomodó y fue incapaz de leer tres líneas seguidas; el teléfono situado en la mesita y al alcance de la mano, era como una tentación: ¿tardaría mucho en sonar?, porque él estaba convencido de que más tarde o más temprano terminaría por hacerlo. Lo cogió, le puso la pestaña de sonido en la opción de suave y lo depositó encima de sus piernas, y miró el cable que a modo de rizado rabo, se balanceaba, y no sabía por donde coger el asunto para aclararse un poco. Ni leía, ni pensaba, así que le fue venciendo el sueño, terminó por inclinar medio cuerpo sobre el cojín y se quedó dormido. Se despertó bruscamente, cogió el auricular y comenzó a hablar, pero nadie respondía, se frotó los ojos y se percató de que lo había estado soñando. Se tuvo que levantar a buscar agua en la cocina, porque la cena parece que le dejó demasiado seco el tracto digestivo, y fue justo en ese preciso momento cuando volvió a escuchar el sonido del teléfono. Corrió hacia el sofá y se abalanzó al auricular para evitar que siguiera vibrando; tomó aire, esperó unos segundos para comprobar que todo seguía en calma y que su esposa no diera muestras de estar despierta. Cuando acercó su oído al auricular descubrió que se trataba de la voz de su padre, que seguía muy interesado por la situación de sus nietos y el futuro que les esperaba. Él lo tranquilizó porque en el fondo eran buenos chicos y seguro que eso estaría por encima de los vicios adquiridos, y al final llegaría un momento en que no tendrían más remedio que valerse por ellos mismos, les costaría más trabajo, se les haría más duro, pero la ley de la supervivencia estaría por encima de todo y ya se cuidarían de administrar sus bienes por la cuenta que les traía. El abuelo no lo tenía del todo claro, porque veía que su hijo era muy blando, que con la edad que tenían sus nietos, tenían que estar más que espabilados y no pensando a que dedicarse, que a ver quien iba a trabajar para los jubilados como la cosa siguiese así.”¡Que pena, ni que pena!, los hijos no pueden dar pena, esa es tu equivocación, no hay que dárselo todo hecho, deja que se equivoquen, que se vayan, que parezca que no te quieren, la fuerza de la sangre está por encima de todo eso y llegará el día en que volverán y estarán contigo, ¿no ves como has vuelto tu a mi, a pesar del tiempo que hacía que no pisabas esta casa?”. Aquí se le encendieron las luces y a punto estuvo de colgar el auricular; la voz de su padre cada vez se oía más lejana y por más intentos que hizo por aumentar el volumen del teléfono, ésta terminó por apagarse no quedándole otro remedio que colgar. Se refugió en la franela de las sábanas y el calor de la mujer. Al día siguiente tocaba regresar a la ciudad, al encuentro con los hijos y tenía que cerrar los ojos por los menos una rato, la cabeza le pesaba más de la cuenta. En el camino de vuelta, ella le estuvo preguntando por la lectura del libro de la noche anterior, por el desarrollo del mismo; él tuvo que hacer un gran esfuerzo imaginativo, porque apenas conocía de ese libro más que dos páginas, y ante la insistencia y por miedo a que fuese a descubrir las alucinantes conversaciones con su padre, le fue contando la historia de un hijo que se pone a hablar con su difunto padre a través de un teléfono, que no tiene línea y que sin que se diese cuenta su esposa, charlan y charlan de asuntos generacionales y de lo difícil que resulta a veces cortar el cordón umbilical, es como si fuese ese cable de teléfono, que sin estar conectado mantiene la posibilidad de comunicarse. Le contó y le contó pero el desenlace final no se lo supo explicar, porque no había llegado al final del libro. Ella se acicaló el pelo y le dijo: “ pues el final es que el protagonista tenía tanta preocupación por el factor generacional, que fue capaz de llevar su mente a una situación de catarsis tal, que realmente hablaba con su padre”. Él se quedó blanco, la miró de reojo y le dijo: “¿Y tu como lo sabes?”. “Porque yo si he llegado al final del libro”.

ndo llegó la noche, él no tuvo paciencia para esperar que sonase de nuevo el teléfono, y una vez que su esposa comenzó a roncar en el calorcito del mullido sofá, bajó el volumen del televisor y esperó diez minutos a que de verdad estuviese dormida, entonces apagó el aparato y la convenció para llevarla a la cama, con la excusa de que ya había terminado la película y él se quería poner a leer un rato. Le prometió no tardar mucho y cerró la puerta de la habitación. Una vez a solas, escuchando únicamente el tic-tac del despertador o el rac-rac de las termitas, tomó el libro que tenía encima de la mesa, buscó el marcador de páginas, se ajustó las gafas, se acomodó y fue incapaz de leer tres líneas seguidas; el teléfono situado en la mesita y al alcance de la mano, era como una tentación: ¿tardaría mucho en sonar?, porque él estaba convencido de que más tarde o más temprano terminaría por hacerlo. Lo cogió, le puso la pestaña de sonido en la opción de suave y lo depositó encima de sus piernas, y miró el cable que a modo de rizado rabo, se balanceaba, y no sabía por donde coger el asunto para aclararse un poco. Ni leía, ni pensaba, así que le fue venciendo el sueño, terminó por inclinar medio cuerpo sobre el cojín y se quedó dormido. Se despertó bruscamente, cogió el auricular y comenzó a hablar, pero nadie respondía, se frotó los ojos y se percató de que lo había estado soñando. Se tuvo que levantar a buscar agua en la cocina, porque la cena parece que le dejó demasiado seco el tracto digestivo, y fue justo en ese preciso momento cuando volvió a escuchar el sonido del teléfono. Corrió hacia el sofá y se abalanzó al auricular para evitar que siguiera vibrando; tomó aire, esperó unos segundos para comprobar que todo seguía en calma y que su esposa no diera muestras de estar despierta. Cuando acercó su oído al auricular descubrió que se trataba de la voz de su padre, que seguía muy interesado por la situación de sus nietos y el futuro que les esperaba. Él lo tranquilizó porque en el fondo eran buenos chicos y seguro que eso estaría por encima de los vicios adquiridos, y al final llegaría un momento en que no tendrían más remedio que valerse por ellos mismos, les costaría más trabajo, se les haría más duro, pero la ley de la supervivencia estaría por encima de todo y ya se cuidarían de administrar sus bienes por la cuenta que les traía. El abuelo no lo tenía del todo claro, porque veía que su hijo era muy blando, que con la edad que tenían sus nietos, tenían que estar más que espabilados y no pensando a que dedicarse, que a ver quien iba a trabajar para los jubilados como la cosa siguiese así.”¡Que pena, ni que pena!, los hijos no pueden dar pena, esa es tu equivocación, no hay que dárselo todo hecho, deja que se equivoquen, que se vayan, que parezca que no te quieren, la fuerza de la sangre está por encima de todo eso y llegará el día en que volverán y estarán contigo, ¿no ves como has vuelto tu a mi, a pesar del tiempo que hacía que no pisabas esta casa?”. Aquí se le encendieron las luces y a punto estuvo de colgar el auricular; la voz de su padre cada vez se oía más lejana y por más intentos que hizo por aumentar el volumen del teléfono, ésta terminó por apagarse no quedándole otro remedio que colgar. Se refugió en la franela de las sábanas y el calor de la mujer. Al día siguiente tocaba regresar a la ciudad, al encuentro con los hijos y tenía que cerrar los ojos por los menos una rato, la cabeza le pesaba más de la cuenta. En el camino de vuelta, ella le estuvo preguntando por la lectura del libro de la noche anterior, por el desarrollo del mismo; él tuvo que hacer un gran esfuerzo imaginativo, porque apenas conocía de ese libro más que dos páginas, y ante la insistencia y por miedo a que fuese a descubrir las alucinantes conversaciones con su padre, le fue contando la historia de un hijo que se pone a hablar con su difunto padre a través de un teléfono, que no tiene línea y que sin que se diese cuenta su esposa, charlan y charlan de asuntos generacionales y de lo difícil que resulta a veces cortar el cordón umbilical, es como si fuese ese cable de teléfono, que sin estar conectado mantiene la posibilidad de comunicarse. Le contó y le contó pero el desenlace final no se lo supo explicar, porque no había llegado al final del libro. Ella se acicaló el pelo y le dijo: “ pues el final es que el protagonista tenía tanta preocupación por el factor generacional, que fue capaz de llevar su mente a una situación de catarsis tal, que realmente hablaba con su padre”. Él se quedó blanco, la miró de reojo y le dijo: “¿Y tu como lo sabes?”. “Porque yo si he llegado al final del libro”.

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El teléfono (2)

Junio19

../…Viene de El Teléfono(1)
A la mañana siguiente, ella se había levantado temprano y lo había dejado solo, porque tenía que ir de visitas, y en esos menesteres prefería valerse por si misma porque si no, aquello no se acababa nunca, la familia era extensa y él nunca tenía valor suficiente para decir “nos vamos”, así que se hacían interminables las visitas. Lo mejor era ir sola y cubrir el expediente de la forma más decente posible, siempre habría una excusa para justificar su ausencia. Así que cuando él se levantó, se preparó el desayuno y en el momento de hincarle el diente a la media tostada de pan de pueblo con aceite y jamón, sonó el teléfono. No podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Ahora si que no había justificación posible; ni era de noche, ni estaba dormido, ni había posibilidad de otro timbre, porque en la casa no había más artilugios que se prestasen a la confusión. Dejó el desayuno para otro momento y en dos zancadas se presentó en el salón, y descolgó el teléfono con toda la energía del mundo:
¡Diga!”Vociferó en el auricular. Al momento se la doblaron las piernas y resbalándose por la pared llegó con el culo al suelo encogido como un ovillo. El auricular quedó colgando en el aire, describiendo un ligero balanceo de la pared a la mesita girando al mismo tiempo derecha izquierda, izquierda derecha, cada vez de forma más débil. Él se fue recuperando poco a poco del tremendo susto, y aunque se había meado encima, no le molestaba la humedad; tembloroso volvió a coger el aparato y cerrando los ojos se lo colocó en el oído. No había duda, al otro lado del hilo telefónico se escuchaba una voz, una voz melosa y agradable que él conocía muy bien: era la voz de su padre. Comenzaron a charlar: el abuelo como no podía ser de otra manera, enseguida se interesó por sus nietos, por su edad – las cuentas no les salían ya muy bien -, si estudiaban o trabajaban, si tenían novia o novio. Él tuvo que entrar al trapo de la conversación, a pesar de que un desagradable olor a pan tostado se había instalado en el comedor. El menor de sus hijos, más grande que una torre, estaba atravesando una etapa donde sólo le interesaba la playstation y el grosor de los bocadillos que engullía, estudiar o trabajar eran verbos de difícil conjugación, y claro el abuelo no llegaba a entender de qué le estaba hablando su hijo, en su casa fueron siete hermanos que no pisaron la escuela, y que desde el primero hasta el último se habían pasado toda su vida dándole al callo, “tú mismo, conseguiste ir al colegio porque surgió aquella beca que te pagaba hasta la comida”, le decía a su hijo. Éste – algo más sereno, pero meado todavía – le rebatía que también porque tuvo mucha fuerza de voluntad y dejó muchas tardes y muchas noches los codos clavados en la mesa de estudio, que si no, mira su hermano mayor, nunca llegó a terminar nada. “Tu hermano porque no servía para eso de los libros, pero mira como supo buscarse la vida y lo bien que se colocó, porque ¿seguirá colocado, no?”, “Si, si papá, sigue colocado”. Él miraba de vez en cuando a los cuatro rincones del salón comedor, buscando alguna cámara oculta o algún cable que delatase la presencia de cualquier elemento artificial, que aclarase esa absurda situación; tampoco se atrevía a colgar el teléfono, porque la conversación era muy interesante, y además podía mosquearse el viejo, que nunca llevó bien eso de que lo dejasen con la palabra en los labios. “En casa de tu abuelo, no faltaba un bollo que llevarse a la boca, ni unas sandalias que ponerse; eso si, desde el primero hasta el último arrimaba el hombro”. “Y cuando usted andaba entre nosotros tampoco, lo que ocurre es que hemos ido tan de prisa, y nos hemos ocupado tanto del bienestar de nuestros hijos, que no hemos tenido tiempo de pararnos a pensar ni en qué es eso del bienestar”. “Explícate, que ya no me funciona bien el oído derecho”. Él se explicó, y conforme lo iba haciendo se daba cuenta de que sus hijos tampoco estaban ya con él, aunque seguían en su casa, los tenía a su lado y nos los veía, apenas sabía muy bien a que se dedicaban porque charlar, charlar lo que se dice charlar, no charlaban. En la casa siempre había algún instrumento haciendo ruido, de modo y manera que nunca era el momento adecuado para intercambiar más de tres frases seguidas. “Demasiadas comodidades me parecen a mi esas” – escuchaba en un tono de regañina – . “Nos hemos pasado unos cuantos pueblos en el intento de hacerles la vida feliz”. Él se daba cuenta de que la mayoría de los jóvenes lo tienen todo por delante, no necesitan esforzarse para tener un ideal en la vida, así que salvo honrosas excepciones se habían acomodado y ¡a vivir que son dos días! Las orejas las tenía calentitas y rojas como la cresta de un gallo, así que carraspeó varias veces seguidas, a ver si la charla terminaba ya, porque allí y en esa postura tenía difícil solución el asunto generacional, porque además él en el fondo pensaba, que en todas las épocas se ha producido choques entre padres e hijos, es cosa de la edad y el que no se había rebelado de una forma lo había hecho de otra, y a la generación de ahora, la rebeldía le había dado por hacer de okupas de las casas de sus progenitores, que para algo se la habían puesto tan bonitas y con tantas comodidades.
Unos golpes en la puerta le hicieron incorporarse del suelo y colgar el teléfono automáticamente. Su mujer había terminado la ronda familiar y volvía a la casa. Como un rayo se fue a la ducha, abrió el grifo y se echó por encima una toalla de baño, luego se dirigió a la puerta de entrada y trató de explicarle que lo había hecho salir del cuarto de baño por no llevarse la llave de la puerta y que con el frío que hacía, que vaya tela y todo lo demás. Ella no le prestó demasiada importancia, aunque lo de la tostada y el café le pareció un poco raro, pero entre la faena que aún quedaba por hacer y la copita de anís que se había tenido que meter entre pecho y espalda, porque la tía-abuela era lo más pesado del mundo, fue incapaz de coordinar o ponerse a averiguar que estaba pasando allí.
…/…Continuará

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El teléfono (1)

Junio5

En aquella casa no habían vuelto a pasar una noche, desde que lo hicieron con motivo de la misa por la muerte de su padre. Habían pasado varios meses y cada cuarto desprendía un olor a salitre, que denotaba la ausencia de persona alguna entre sus cuatro paredes. Aquella noche mientras ambos dormían, él se despertó sobresaltado porque estaba sonando el teléfono, pero… no podía ser, lo había dado de baja al mes siguiente del fallecimiento de su padre, y además estaba seguro de que ni siquiera lo tenía conectado a la roseta de la pared. Al incorporar medio cuerpo sobre las cálidas sábanas de franela, se dio cuenta de que no se oía nada, tan sólo el débil crujido de los muebles, aguantando el trabajo de las termitas. Ella roncaba plácidamente, ajena a las peripecias de su marido, lo más seguro que transportada a una isla paradisíaca de sol, palmeras y arenas blancas. Volvió a dormirse, pensando que aquello había sido un sueño y no tenía la menor importancia.
Al día siguiente en el trapicheo de cacharros y reconocimiento de muebles, que podían ser útiles o no, él tropezó sin darse cuenta con un antiguo reloj-despertador, de pantalla cuadrada y dos hermosas campanas coronando su triste figura. Lo tomó entre sus manos y al tocar con los dedos el mecanismo de la cuerda – sito en la parte posterior -, se agitó de repente el martillo metálico, diestramente colocado entre las dos campanas, y se dio un tremendo susto que le hizo soltar el reloj, como si se hubiese llevado un calambrazo; el reloj cayó al suelo y allí estuvo sonando un rato, hasta que se agachó a recogerlo para depositarlo en lo alto de la cómoda, de donde lo había cogido. Dejó de sonar casi al instante, el tiempo suficiente como para que por la mente de él apareciese la razón de su brusco despertar nocturno. Volvió a cogerlo – ahora ya con toda seguridad – y clavó sus ojos en la manecilla pequeña, que señalaba la hora en las que el despertador debía ponerse en marcha: las cuatro y media.
¡Claro! Eso dejaba las cosas en su sitio, esto es lo que había sonado la noche anterior y él lo había confundido con el teléfono; probablemente su mujer – que es una maniática para esto de los relojes – le había dado cuerda sin darse cuenta que estaba conectado el dispositivo que hacía funcionar el despertador. Se olvidó del asunto y continuó la inspección del resto de la casa.
La siguiente noche volvió a ser un calco de la primera, con lo cual ya no pudo aguantar más y sin saber muy bien que estaba haciendo, se calzó las zapatillas, se puso un batín para no coger frío y con la linterna en la mano se dirigió al cuarto contiguo: el tic-tac del reloj delataba que estaba funcionando, pero el dispositivo encendido-apagado del despertador, estaba en apagado. Se fue al salón y con cierto temblor en sus extremidades inferiores, se dirigió hacia el rincón donde reposaba el teléfono; encendió la lamparita de la mesa y comprobó que el cable no estaba conectado a la roseta de la pared, tomó el teléfono en sus manos y con un gesto agilipollado descolgó el auricular y se lo llevó a la oreja.
¡Nada! No se escuchaba absolutamente nada, ni tono, ni señal, ni cruce de líneas, ni nada por el estilo; eso si, podía oírse perfectamente el ímprobo trabajo de las termitas en una de las sillas, a la que ya tenían horadada, como si aquello fuese un queso gruyere en forma de asiento. Se fue al servicio, evacuó líquidos y sin terminar de creérselo, volvió a la habitación, a la paz de los ronquidos, con la yema de los dedos tocó a su esposa para comprobar que era de carne y hueso, y acomodándose a la forma de su cuerpo, terminó por dormirse.

…/…Continuará

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