La página de Arruillo

Una página abierta a la imaginación

Casi una historia de aves II

abril14

…/…Viene de Casi una historia de aves I

La literatura, el cine, la pintura, todas las artes tuvieron y tienen presente a las aves, porque desde siempre el ser humano ha intuido algo bello en ellas.

Se les ha clasificado en multitud de ordenes, familias, subfamilias, géneros, especies, subespecies, tratando de penetrar en sus entrañas y aunque no cabe duda de que se sabe mucho sobre ellas, aún quedan incógnitas por resolver -¿poseen brújula interna?, tienen capacidad de aprendizaje? –que las hace, si cabe, más apasionante como todo aquello que no nos es del todo conocido. ¿Alguien ha visto el giro de cuello que posee el martín pescador? Puedo asegurar que no hay nada más parecido a un juguete infantil. La habilidad del trepador azul para ascender y descender por la corteza de los árboles como si se tratase de un reto a las leyes de la gravedad; el terrible arponazo de la garza lanzando el cuello como un resorte para capturar su presa; el simulacro de ave herida que efectúa el chorlitejo, par atraer hacia él la atención de un potencial depredador, demostrándonos de esta manera sus grandes dotes de actor y al mismo tiempo la peculiar forma de salvar sus crías son apenas unas leves gotas de lluvia sobre el mar de posibilidades admirativas que poseen las del cuerpo cubierto de plumas.

Todas las aves tienen un espejo común en el que mirarse: hace 150 millones de años, en el Jurásico, se formó un fósil –Archaeopteryx-, que pasa por ser el primer animal alado. El hallazgo tuvo lugar en Baviera en 1861 mientras se cortaban unas láminas de calizas empleadas en la impresión litográfica. Luego vendría lo de la subclase Neornitas y demás clasificaciones, hasta llegar a la última de las subespecies descubiertas. Ahora bien, en este mundo capitalista que nos ha tocado vivir, poco importa la particular historia de este grupo de seres vivos, especulándose con él lo mismo que con otros que de alguna manera están indefensos. Las aves son objeto de deseo, se las captura y vende por el color de sus plumas, por su canto. En Madrid, en pleno Rastro existe una calle que se llama “la calle de los pájaros” y no es que allí vivan en libertad –como parece indicar una primera lectura de esta bella denominación – sino que muy al contrario, allí es donde se obtienen monedas a cambio de sus preciados dones. A pesar de las intensas campañas de los organismos oficiales, de las asociaciones ecologistas y de todos aquellos para los que importa algo la existencia de las aves, se continúan cometiendo atropellos a la luz pública. Lo que en algunas zonas rurales puede pasar por un entretenimiento de jubilados o distracciones infantiles, pasa a convertirse en negocio en las grandes capitales. Las leyes son cada vez más estrictas y la vigilancia por parte de las autoridades parece extremarse, pero en el trasfondo siempre existe una falta de sensibilidad y de respeto hacia algo que está para ser contemplado, admirado y hasta digno de ejemplo, pero que nunca debería considerarse producto comercial o especulativo.

Antonio Gala, en un artículo aparecido en 1990 en el diario El País, llena el aire de preguntas y reflexiona en torno a los pájaros desde el corazón. Escribe: “¿son incansables, o es que son infinitos y se turnan? ¿Dónde van a morir?, ¿Qué pensará su secreta cabeza de los seres humanos?, ¿Se tomarán los pájaros el trabajo de observarnos, o ni siquiera el de vengarse de nuestras tropelías, pese a Hichcock?” Ahí quedan esas remeras, timoneras, cobertoras y caudales, flotando por el infinito azul para que cada uno de nosotros saquemos nuestras propias conclusiones. Más poetas:

“Es tan ancho mi reino

que las aves de paso

dejan en él de serlo”.

                                                                    Aquilino Duque

“Quien tenga alas que vuele,

que para eso son los pájaros

no para saltar sin gracia

entre dos palos”.

                                                                  Celia Viñas

“Y yo me iré

y se quedarán los pájaros

cantando”

                                                                  Juan Ramón Jiménez

También la sabiduría popular le canta, a través del fandango, a las aves, produciéndose a veces situaciones contradictorias difíciles de delimitar:

“Mira que bonita son,

dos tórtolas te he traído;

mira que bonita son,

de un árbol las he cogido:

estaban tomando el Sol,

metiditas en su nido”.


…/…Continuará

Casi una historia de aves I

abril7

Desde que un día descubrí como observar pacientemente a esos diminutos seres alados que con tanta soltura se desplazan de un lado a otro, no he cesado en mi empeño de aproximarme a sus vidas. No  es que me haya dispuesto a realizar un estudio concienzudo de cómo son, cómo viven o porqué se comportan de tal o cual manera (cosa que por otra parte no deja de apasionarme). No, se trata de no dejarlos pasar junto a mí, como si fuesen la sombra de uno de esos grandes monstruos de acero que sobrevuelan nuestras cabezas allá por donde vayamos. Es fácil que con una guía al uso y unos prismáticos para poder acercarnos sin levantar sospechas, las aves se nos muestran ante nuestras pupilas tales y como son; criaturas de cuerpo cubierto de plumas que juegan, saltan, discuten entre sí, se aparean, se asustan, se acicalan; van y vienen de un lado a otro, tratando siempre de ser fieles a sus principios básicos, a saber: mantenerse limpias, hallar comida, tener un buen lugar de reposo y evitar conflictos. ¿Qué ser humano no estaría dispuesto a firmar para sí y para toda la vida estos principios? Ellas lo cumplen con tanta naturalidad que para la mayoría de nosotros pasa totalmente desapercibida su propia existencia.

Mis primeros conocimientos de aves fueron el desplume de las que mi padre traía, cazadas con trampas mientras araba. Entonces el terruño estaba duro; había que levantarse con las primeras luces, tener presente siempre las cabañuelas y luchar con las mulas para que obedeciesen la voz del látigo. Engullir arroz con carne de pájaros, cogidos por sorpresa, no era un capricho…se trataba de una necesidad. El poco conocimiento de aquellos años se pierde en la memoria y la clasificación de los alados estaba en función de su tamaño, ni siquiera de acuerdo a su canto o al color de sus plumas. Luego los segué a plomazos; agazapado tras una tapia esperaba que se acercasen sedientos al pequeño sumidero del pozo; podía oír el sordo encontronazo del proyectil contra la carne. Resultaba un orgullo pasear con la cintura repleta de cadáveres, ensartados hábilmente por los orificios nasales; la escuela del mañana –hoy ya-, se estaba forjando. Por fortuna no conseguí pasar la reválida y mis aspiraciones a escopetero quedaron en juego de niños, pero cuántos y cuántos amigos de entonces me aventajaron en sus estudios del medio y continúan aún luciendo las piezas cobradas, sólo que ahora de mayor tamaño y por el simple y llano placer de apretar un gatillo. A veces añora uno la existencia de la máquina del tiempo.

Dentro de lo que llevo leído con relación a los pájaros –que no es mucho, todo hay que decirlo-, me impresionó sobremanera un artículo aparecido en la prensa andevaleña, allá por el verano de 1988, de Juan Bautista Mojarro, intitulado “El pájaro azul”, el cual pasó a convertirse en mi mente, en firme estandarte –onda al viento-, en lo alto de un mástil. Nunca olvidé de que forma tan sencilla puede llegar a nosotros una estampa de amor salida de la propia naturaleza; cómo un ave con su pico es capaz de transportar por una corriente de agua a sus crías, dentro del nido, para ponerlas a salvo de un peligro inminente. Sencillez en la narración del autor, sencillez en el comportamiento del emplumado y sencillez en la forma de difundir el mensaje a través de la publicación diaria, tan escasa a veces de colaboraciones que lleguen a esa fibra que hace ponernos los bellos erizados. Puede pensarse que se trata de algo excepcional, que raras veces hemos de encontrar por esos campos; sin embargo con una buena dosis de paciencia y dejándolas desenvolverse con libertad, las aves nos ofrecen fotogramas que bien pudieran parecer estar realizados expresamente para el celuloide. Sus movimientos, pautas de conducta y belleza estética, llegan a producirnos el mismo placer que una degustación literaria ante una buena chimenea. Son actores que trabajan de forma gratuita por el simple placer de expresar sus sentimientos.

Desde la antigüedad resultaron ser causa de envidia. El artista ateniense Dédalo pretendió que su hijo Ïcaro escapase de su encierro colocándole unas alas sostenidas con cera. Le dio buenas instrucciones, pero en su intento de querer aproximarse en demasía a las facultades aviares, terminó perdiéndose en el mar. También los egipcios supieron encontrar con Fénix todo un legado para los siglos posteriores. Cada día podemos ser capaces de resurgir de nuestras propias cenizas y enfrentarnos con lo que nos echen con tal de demostrar que estamos vivos, que aún quedan tuétanos para llevar adelante nuestra particular cruzada. Los fabulistas hallaron de igual forma, materia prima en los alados y a pesar de que el milano no sale muy bien parado en sus encuentros con los genios de la pluma, es posible que fuese porque a alguien le tenía que tocar hacer de malo en esa película. Por el contrario a nuestra querida ciconia se les asigna un papel de bienhechora.

Sirvan para ilustrarnos, los siguientes versos del riojano Félix María de Samaniego:

Las sencillas Palomas consintieron;

aclamarle por rey: “¡Viva, dijeron,

nuestro rey el Milano!”.

Sin esperar a más, este tirano

sobre un vasallo mísero se planta;

Sin duda alguna que se hubiese ahogado

un lobo con un hueso atragantado,

si a la sazón no pasa una Cigüeña.

Se pretendió emular sus vuelos –tragicómicas escenas de hombres alados tratando de mantenerse en el aire-, llegó el motor de explosión y los monstruos de acero comenzaron a tomar forma. El hombre sin cesar en su empeño, y tal vez reflexionando sobre los versos de Machado:

¡Qué fácil es volar, qué fácil es!

Todo consiste en no dejar que el suelo

se acerque a nuestros pies.

logró con la ayuda de la técnica y el arrojo de unos cuantos valientes, flotar junto a las nubes, aprovechar las corrientes de aire –de igual forma que lo hacen nuestras águilas- y contemplar pausada y calladamente el fascinante espectáculo que desde su privilegiada posición en el espacio visionan las aves, día a día, desde los albores del Eoceno.

…/…Contiúa en Casi una historia de aves II

Fue tu mirada

marzo22

Fue tu mirada verdeoliva

imán que subyugó multitudes,

que doblegó mi férreo torso.

Luciérnagas de noche sin estrellas,

de saco de dormir pegado al suelo.

A través de ellos llegué

a adentrarme

en los secretos de la colmena,

de una rosca sin fin.

Ante ellos me siento

tan de este mundo

que quiero beber a sorbo lento,

creer en el día de la ardilla

y leer en el iris tu

diario de a bordo.

Entre lámparas siempre ocultas

encontré el neón de tus ojos,

lo tengo frente a mí, se disipa,

brilla con toda intensidad.

Lo veo

vagando por entre muros de vergüenza.

Verdeoliva

como la tarde que dibuja en el horizonte

la figura de una dama

saltando entre algodones,

mano abierta, tull de seda,

extiendo la mía,

alargo al límite la tercera falange

y vuelvo a tus ojos.

 

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La carta (y3 )

marzo10

 

…/…Viene de La carta (2)

 

 

Unas hojas del calendario más y nos encontramos al dinámico profesor caminando por el pasillo del centro educativo, cartera en mano, y con la mente puesta en la próxima reunión del claustro. Al llegar a la sala de reuniones, un compañero le avisa que le han estado buscando, que se trata de una mujer y que le había dicho que volvería. Fue a sentarse, pero de pronto se le vino a la mente una instantánea de una persona que vio en el pasillo, y que le pareció que le había mirado. Soltó la cartera y el abrigo, volvió sobre sus pasos y al mirar al fondo del pasillo divisó a la mujer que prácticamente no se había movido del mismo sitio, se acercó a ella y le dijo:

— ¿Perdone, me buscaba a mi? Soy Juan…

No le dio tiempo a terminar la frase, la mujer – algo más baja que él – se le quedó mirando tan fijamente que Juan comprendió al instante que se hallaba ante aquellas esmeraldas que tan bien conocía, y que nunca a pesar de paso de los años, había conseguido borrar de su cabeza. Se abrazaron como dos jóvenes enamorados, fundieron sus cuerpos dando marcha atrás en el reloj como si nada significasen los cuatro pelos que le quedaban a Juan, ni el tinte que no llegaba a la raíz, lucido por Carmen. Fue un instante mágico, al que siguieron dos sinceros besos en la mejilla y un apretón de manos. Querían decirse tantas cosas en ese momento que no acertaban a moverse ni que actitud tomar. Poco después estaban en una cafetería donde Juan pudo oír de labios de Carmen, palabras tan dulces que parecía imposible que hubiesen pasado treinta años por su vidas.

Aquella noche no durmió, todo su cuerpo era un flan, su mente un continuo desfile de imágenes de cuando la conoció, del primer beso que se dieron con sabor a caramelo, de esos gestos que continuaban siendo los mismos, de esas lágrimas vertidas en la taza de café. Habían quedado para el día siguiente y él prometió llevarle el poemario, que con tanto cariño le dedicase y que esperaba su turno en el fondo del cajón, y no quería olvidarse de la carta que recibió del Jefe del Negociado de Estadística, para que ella le ratificase de viva voz que formaba parte de ese vagabundaje que había tejido durante tres décadas, hasta conseguir lo que iba a conseguir en las próximas horas. A Carmen le brillaban los ojos, hablaba con seguridad y transmitía una ternura que casi tenían mudo a Juan, a pesar de lo acostumbrado que estaba éste de tratar con sus alumnas y las madres de sus alumnas. Carmen le explicó dulcemente, que aún le quería y que a pesar de que la vida le había tratado bien y estaba contenta con su familia, nada ni nadie habían logrado borrarlo de su mente. Si había removido cielo y tierra hasta conseguir tenerlo frente a frente, era nada más que para decirle eso mirándole a los ojos. No quería abandonar su familia, ni comenzar otra vida, ni volverse loca, pero tampoco quería dejar el mundo de los vivos sin haber tenido la oportunidad de decir lo que ahora estaba diciendo. A Juan se le formó tal nudo en la garganta que apenas le quedaban palabras de agradecimiento; le entregó el poemario, tomó sus manos y le dedicó el más cálido beso que jamás hubiese imaginado. Se abrazaron, se besaron en la mejilla y se dijeron adiós.

Al quedarse solo, Juan desplegó la misiva que en su día le enviara el Ayuntamiento, volvió a leerla una vez más y la estrujó contra su pecho, teniendo la sensación de haberse convertido en ese momento en el hombre más afortunado que habitaba sobre la Tierra. Un sol espléndido iluminaba la amplia avenida, por la que regresaba a su trabajo.

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La carta (2)

marzo2

…/…Viene de La carta (1)

Poco a poco le iban entrando ganas de coger la carta y pegarle fuego, porque ya le estaba comiendo la moral, pero cada vez que la tenía delante de sus ojos y contemplaba a aquel sello de tinta azul con el NODO en el centro y la firma tan rimbombante del Jefe del Negociado, se le abrían las carnes de pensar que habría detrás de aquella solicitud. Las hojas del calendario fueron cayendo y el misterio de la carta a Juan se le escapaba de las manos, así que la misiva pasó a formar parte de ese montón de legajos que tenía archivados en un AZ con el subtitulo de “Varios”.
Un día al salir de clase lo llamaron de secretaría para decirle que tenía una llamada. Atendió de prisa y corriendo al último alumno que le solicitaba explicación de algo que no había entendido, y cogió el teléfono; entre la bulla del exterior y la de los compañeros que se encontraban en la misma habitación, no acertaba a enterarse bien quien era la persona que se encontraba al otro lado de la línea; se tapó con la mano izquierda el oído correspondiente a esa parte de su anatomía, y entonces si pudo oír nítidamente una voz femenina que preguntaba por él, dándole toda clase de muestras de conocerlo, puesto que además de mencionar su nombre y dos apellidos del tirón, le trataba con tanta familiaridad que parecía que se veían a diario. Juan no acertaba a saber de quien se trataba; esa forma de hablar, ese acento tan fino no era propio de Sevilla y no podía ser ninguna trampa, porque las referencias que hacía la muchacha pertenecían a su intimidad. Cuando le dijo su nombre, tuvo que buscar asiento porque no podía creer que fuese la misma persona que él estaba pensando. Ella le explicó como había dado con la Academia donde trabajaba, y pudo comprobar que había llevado a cabo una tarea de investigación que ya quisieran para si los mejores detectives de la ciudad. No se podía imaginar como luego de tantos años, esa mujer que había formado una familia, que tenía tres hijos y cuya vida discurría tan lejos de Sevilla, aún conservase el recuerdo y el cariño de aquel joven con el que un día soñó conquistar la luna. Durante unos meses mantuvieron una relación telefónica que le traían a Juan con un tremendo dolor de cabeza, porque no sabía como afrontar la realidad y tampoco sabía si en el fondo sentía algo por esa mujer que otrora le cautivó, pero que luego de veinte años, si conseguía verla, no sabía cual sería su reacción. Recordaba la esmeralda de sus ojos y el trigal de su pelo, y aquel poemario que un día le dedicara y que ella nunca pudo tener en sus manos. No comprendía por qué se separaron, por qué no respondió a sus continuas llamadas y por qué ella estaba casada y con tres hijos y él seguía soltero y sin pintas de formar un hogar. El trabajo le absorbía la mente y el recuerdo de aquella mujer se terminó esfumando, cuando ella le planteó que sus hijos parecían sospechar algo, y que era mejor dejar las llamadas para evitar males mayores. Juan entendió el mensaje y Carmen volvió a ocupar ese lugar en que se encontraba antes de la primera llamada a la secretaría de la Academia.

…/…Continúa en La carta (3)

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La carta (1)

febrero23

Llegó el 7 de Marzo y como toda correspondencia oficial le metió el miedo en el cuerpo, pensando que se trataba de algún asunto indeseable. Pero no fue así, aquella carta que el funcionario depositó en el buzón decía literalmente: “ A través del presente escrito cúmpleme informarle que se ha interesado telefónicamente por Vd. Dª Tere Navarro Sánchez, de Pego (Alicante) cuyo teléfono es el 388439.

Lo que le comunico a los efectos de que si lo estima oportuno nos de autorización para darle su domicilio a este señora”.

Firmaba la misma el Jefe del Negociado de Estadística del Ayuntamiento de Sevilla.

A Juan ni le decía nada el nombre de la tal Tere, ni había estado en su vida en Pego, ni aquel número de teléfono le era familiar en absoluto. Le tranquilizó mucho saber que no se trataba de ninguna multa, embargo, impago de impuestos o cualquier otra trampa desconocida que le reclamase el Ayuntamiento. Así que de entrada arrinconó la carta y continuó el diario ir y venir a la Academia donde impartía sus clases. Pero algo había en esa historia que no encajaba; demasiada formalidad para tratarse de un simple domicilio, con la gran cantidad de propaganda que recogía a diario del buzón con su nombre y dos apellidos bien claritos, como si el remitente de turno fuese un conocido de toda la vida. Regalos de todo tipo, viajes gratis y vacaciones pagadas, de todo llegaba a la dirección que más bien parecía la de un personaje popular que le llueven las ofertas que la de un simple currante, que se tiene que levantar todos los días a las siete de la mañana para ganarse el pan. Así que esa formalidad no encajaba, algo no iba bien y como él era persona de amplios recursos y poco aguante cuando algo le corroe, llamó al Negociado de Estadística para interesarse por ese extraño envío y para aclarar si se trataba de una equivocación. Allí le confirmaron que todo era correcto y que no había dudas, ya que coincidía hasta su número de carné. Como todo le sonaba a chino, denegó la autorización. Todo esto ya le llevó unos cuantos días dándole vueltas a los datos de la carta, a ver donde podía encontrar una pista que le orientase sobre su protagonismo. Por supuesto el nombre de Tere no le decía absolutamente nada, ni esos apellidos tampoco. Repasó el listado de alumnas que había tenido – guardar papeles era su obsesión – porque el de amantes no hacía falta repasarlo, le escaseaban tanto que se sabía muy bien los datos concernientes a cada una de ellas. El pueblo le decía tan poco como nada, una vez estuvo en Alicante, pero en Pego no tenía conciencia de haber estado, y mucho menos haber trabado amistad con nadie, así que no le quedaba otro camino que llamar al número de teléfono que se le indicaba en la carta. Nada tenía que perder por hacerlo, y por el contrario sí que podía ganar aclarando aquella situación que le distraía de su trabajo; pero fue otro intento banal, porque en ese número nadie respondía fuese cual fuese la hora en la que realizaba la llamada. Se interesó a través de la Compañía Telefónica por averiguar a quien correspondía ese número de teléfono, pero no se lo pusieron nada fácil y después de varios intentos terminó por aburrirse y desistir.

…/…Continúa en La carta (2)

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Cuaderno de viajes:Buenos Aires(7)

febrero16
Domingo, 9 de Julio de 2006

Aunque esperaba para este día mayor movimiento en la ciudad con motivo de la fiesta nacional, se ve que no está el asunto para fiestas porque acá nadie celebraba o no estábamos en el lugar indicado y a la hora justa.- Victoria y yo comenzamos el día como siempre, por nuestra cuenta y hoy tocaba visitar el barrio de San Telmo para incrustarnos por sus calles y participar en esa especie de rastrillo madrileño, donde se puede encontrar de todo y al mismo tiempo escuchar música callejera.- Predominan los carlitos disfrazados de tanguistas para hacerse fotos con los turistas o incluso marcarse un bailecito para quien se atreva: Marionetas, guardias en las esquinas y gente mirando la final del mundial en los bares, donde se nota las preferencias por Italia dada la ascendencia de esta población.- La tarde se nos comienza a echar encima y corre una ligera brisa que me hace ponerme el chaleco por primera vez desde que andamos por esta tierra.- Hoy nos sentimos especialmente raros porque no sabemos que pensarán sobre la presencia de españoles en Buenos Aires en el día de la Independencia Nacional, pero bueno, aquí la gente es tranquila, no parece que tengan demasiado prisa, ni demasiados nervios a flor de piel.- Nosotros como turistas instruidos caminamos con todas las precauciones debidas y echándole cuenta a esos letreros que nos avisan de que “No descuide sus pertenencias”. –
A Victoria le dijeron española, sin oírla hablar: ella piensa que es por lo fuerte que llevaba agarrado el bolso.- Desde San Telmo nos desplazamos en taxi – como no -, hasta La Boca, ese lugar emblemático de Buenos Aires.- Antes quiero reseñar la comida del día: Comimos los cuatro en un bar precioso, esquina acristalada de corte antiguo con influencias románticas en pleno San Telmo.- Me decidí hoy por bifé con patatas y un postre de chocolate con leche no sé qué, que estaba para chuparse los dedos.- Victoria experimenta con batatas fritas pero sin demasiado éxito.- En la Boca quedan los restos de lo que fuera un barrio de chabolas pero que ya está arreglado de cara al turismo y se ha convertido en algo bohemio con música en la calle, murales de cartón piedra para hacerse la foto y el embarcadero con paseos incluidos.- Hasta llegar allí se nota la pobreza de esta parte de la ciudad con mucha basura, calles en malas condiciones y escasez de taxis que nos obligan a utilizar la línea 29 de los colectivos para regresar al mundo civilizado.- Divisamos la cancha de Boca Juniors con olor a Maradona y en los alrededores del Obelisco nos llevan los niños hasta un bar – café especial donde hay que esperar en la puerta mientras un apuesto camarero nos retiene hasta que hubiera mesa libre para nosotros.- El interior es de película antigua con un rincón dedicado a Borges y unas mesas de billar donde nos echamos una partidita.- La embajada de Francia ya nos suena cuando pasamos por ella y la Avenida Quintana mucho más; nos conduce a la Recoleta donde descansábamos del día sirviéndonos de preámbulo un desconocido Frankenstein que vimos con desigual suerte en la tele que tenemos en el apartamento para tratar de enterarnos de algo más de Argentina.

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¿Hacia dónde vamos?

enero26

Carta abierta a Consumo

Porque tú debes saberlo. Desde aquellos lejanos tiempos en que el primer bípedo implume tuvo necesidad de masticar algo, para recuperar la vitalidad perdida, ya hiciste amistad con los de tú género; al principio poca importancia le diste al asunto, porque bien visto tampoco había demasiada diferencia entre tus relaciones con él y con aquellos otros primates a los que ofrecías tu candorosa mano. Si a la vuelta de unos años su número se había multiplicado…tampoco era para prestarle atención: tu despensa se había multiplicado, ofrecía buenos frutos e inmejorable refugio, para invitar sin temor a cuantos quisiesen gozar de tus dones. Tus amigos pronto se dieron cuenta: aquellas satisfacciones eran relativas, les suponían algún que otro esfuerzo, y por tanto había que moderar la situación, porque tanta familiaridad no parecía llevar a buen puerto. Si en lugar de cubrir mi piel con las de aquella alimaña, que tanto me hace caminar, me es más fácil arrimarme a una buena candela, ¿para qué malgastar útiles y herramientas?.
Los pueblos se dispersaron, la despensa seguía siendo grandiosa y tú disfrutabas dando de comer, de beber, protegiendo al neanderthalis de las inclemencias meteorológicas y ofreciéndole algún que otro motivo para que se olvidase de los sinsabores del quehacer diario. Por su cuenta y riesgo se embarcó en espectaculares aventuras donde, además de cubrir sus necesidades básicas, necesitaba de otro tipo de inversiones, para hacerse distinguir entre los de su especie, que dicho sea de paso, proliferaban casi misteriosamente. Tus espaldas seguían siendo fuertes, y allí estaba en disposición de cargar con lo que te echasen; al fin y al cabo ellos tenían sus días contados, había que dejarlos divertirse. Como homo sapiens no las tenía todas consigo, así que pusieron a trabajar y el resultado fue que sin verte, sin saber de ti de forma directa, comenzaron a conocerte. Entonces se rodearon de los medios necesarios, para contrarrestar tu alegre manga ancha. Aquello no era de usar y tirar, parte de ellos podía volver a usarse o emplearse en la obtención de otros bienes.
En el momento que los graneros se llenaron hubo tiempo para pensar, tus relaciones pasaron de dulces a insípidas. Unos cuantos (que te conocían bien), se dedicaron a propagar a los cuatro vientos tus grandes defectos en lugar de tus supuestas virtudes. El calendario de la vida se comprimió de tal manera que el último trimestre del año fue de auténtica locura: si el quince de octubre estábamos aún en las algas, el treinta y uno de diciembre a trece segundos escasos de acabar el año, se producía la entrada gloriosa, que a la postre habría de justificar tu propia existencia de la conocida mundialmente como revolución industrial y de su mano la no menos famosa era tecnológica. Desde entonces y hasta nuestros días has calado con tanta fuerza en la sociedad, que se pueden contar con los dedos de la mano los grupos, etnias o culturas que vivan al margen de tu amistad.
Si durante muchos años la Humanidad ha utilizado y reutilizado los recursos de los que disponía – léase muebles, ropas, basuras – ha sido porque supo buscar tus puntos flacos y actuar a espaldas de tus pretensiones. Bastaron dos siglos para que todo esto fuese quedando en leyenda, y a pesar de las miserias, guerras y desavenencias varias, o tal vez a consecuencias de ellas, consumir cuanto más mejor y convertir en perecederas las cosas que podrían tener utilidad, se puso tan de moda, que ya se veía como algo natural. Momentos felices, días de miel para tus humildes pretensiones, que luego de millones y millones de años, eran recompensadas por su larga espera. Ni en Estocolmo ni en Río de Janeiro, ni en la reciente Cumbre del Clima en Copenhague, se ha encontrado la fórmula para acabar con tu particular manía de convencer a todos y cada uno de los habitantes del Planeta de lo saludable de tu amistad. Las cifras no te asustan, sin importante en absoluto el dato casuístico de que un ciudadano rico consuma quinientas veces más recursos y produzca mil veces más desechos que un ciudadano pobre, contraatacas con la palabra bienestar como el mejor de tus escudos protectores. De nada sirve, que tus enemigos pregonen los siete millones de automóviles abandonados cada año en los Estados Unidos de Norteamérica, los cien millones de Tm de neumáticos, los veinte millones de botellas, los cuarenta y ocho mil millones de latas de conserva.
Para ti son simplemente números, que además quedan en ridículo ante los cuatro mil seiscientos millones de años del Planeta Tierra, al que se le habrá echo mucho daño, pero que ahí continúa todavía y además con capacidad regenerativa. No obstante, no estaría de más que tuvieses en cuenta que aliados tan firmes como el homo sapiens, será difícil que encuentres. Dominar la Naturaleza y someterla exclusivamente al servicio del desarrollo económico, no parecer ser la línea de actuación correcta en pleno siglo veintiuno; el hombre de hoy cada vez se quita más a menudo su costra urbanística y descubre el gusto por poner los pies en el suelo y mancharse de barro. No te queda más remedio que cambiar de actitud y mostrar esa otra cara – a la que llamábamos virtudes -, si de verdad quieres seguir contando con la especie humana entre las notas de tu agenda.

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Porque es preciso mantener la llama

enero3

CIMG2829

Porque es preciso mantener

la llama

ha de vencerse su fiereza.

Devoran

cuanto encuentran a su paso.

Caen

incesante las hojas

y clavan dentelladas mortales

mientas sonreímos indefensos.

Los besos duermen

el letargo de la enorme

velocidad de partida.

Amarillea

el candil y un día

nos damos cuenta

que los versos son sólo líneas,

frases.

El cúmulo de horas

nos estrangula las venas;

recuperar las caricias

se convierte en cruzada

contra el fiel deslizamiento

de las arenas del

reloj.

Si se agotara la llama

¿qué sería de nuestros antepasados?

De aquellos

que ocuparan versos de amor

eterno

en la primera fila

de la lista de los principales.

Aunque no haya ojos que reflejen

y los bellos no se ericen

al contacto de la piel,

saludemos

la presencia del fuego interno

que surge semiesporádico

para evitar víctimas

por congelación.

El locutor de radio acababa de informar de un ataque contra Somalia. Otra vez EEUU. Una multitudinaria manifestación recorre las calles den centro reclamando mejoras salariales mientras Zapato Veloz nos sigue recordando que posee un tractor amarillo. A uno le viene a la memoria aquel otro señor que tenía un tanque rosa. Y los del Vacie—aquí cerquita—no disponen más que de ratas y las tapias del cementerio por si algún día surgiera un artista de estos que utilizan las paredes a modo de lienzos gigantescos.

(Del poemario "Reloj de Arena")

No teu poema

 

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La Virgen de las Nieves (y4)

diciembre4

…/…Viene de La Virgen de las Nieves (3)

La luz blanquecina del fondo de la cueva parecía desplazarse en medio de la oscuridad, y la voz angelical también pareció cambiar de tono, ahora se escuchaba como más recia, más varonil. El haz de luz se dividió y todos los allí presentes se dieron cuenta de que se iba aproximando hacia ellos . “¿Nieves?” – dijo El Jefe -. Hubo una respuesta que no se sabía bien que decía, a la que siguió otra hasta que se pudo percibir un claro “¿Hay alguien ahí?” Las luciérnagas se convirtieron en focos y en un momento los cinco amigos se vieron envueltos en unas cálidas mantas y en unas cuantas personas de uniforme que les preguntaban una y otra vez si se encontraban bien, si estaban todos conscientes, si había algún herido, si podían caminar. La cueva se convirtió en un disparatado ajetreo que en nada se parecía a la paz reinante unos minutos antes; hasta conseguir organizar la comitiva, el comandante tuvo que emplearse a fondo, pero al final lo consiguió y una vez comprobado que todo el mundo podía andar, dio la orden de partida y comenzó el desfile. A los cinco amigos los dejaron en el centro de la comitiva y una vez llegaron a los vehículos todo terreno que los transportarían hasta el pueblo, y antes de subir, miraron a la sierra, se cruzaron una mirada cómplice y fue Justo – la voz más potente de todas – quien se despojó de la manta, alzó los brazos al cielo y gritó con todas sus fuerzas: “¡Gracias, Virgen de las Nieves!” Unos finos copos habían comenzado a caer y las primeras luces del alba se habrían paso como podían aquel lunes tan especial para todos ellos.

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