La página de Arruillo

Una página abierta a la imaginación

La Virgen de las Nieves (1)

Octubre9

LA VIRGEN DE LAS NIEVES
Los coches quedaron aparcados en un terraplén amarillento, desde el que se podía divisar una amplia panorámica de la población. A juzgar por la cantidad de humo que salía por las chimeneas, se podía adivinar que el termómetro estaba bajo mínimos. En cuanto dejaron la confortabilidad del vehículo y tomaron contacto con la realidad del ambiente, tuvieron que echar mano de abrigos, chubasqueros, gorros y guantes adecuados porque hacía un frío que no lo soportaban ni los grajos. Un poco más lejos, el gran farallón donde habitaban los buitres, se presentaba cubierto de una densa niebla que impedía saber si se encontraban por allí, o estaban en otros parajes más cálidos. Cogieron sus bastones de senderistas y casi sin poder hablar, se apretaron las correas y decidieron afrontar la cuesta que tenían por delante. Como siempre El Jefe comenzó a tirar del grupo y dada la dificultad orográfica, éste se desgranó en los primeros metros de subida y cada cual utilizaba sus propios recursos para encontrar aire y seguir subiendo; Joaquín insistía mucho en ello, pero nadie le echaba cuenta. “Hay que estirar, es necesario dedicarle diez minutos al estiramiento antes de ponerse a andar”. Sus palabras caían en saco roto porque la gente comenzaba a moverse y los músculos ya se irían calentando por la cuenta que les tiene; al final de la jornada nadie se quejaba, pero las molestias eran evidentes. Desde arriba la panorámica no había mejorado mucho, y apenas se podía ver unos metros más allá de donde se encontraban; el sendero costaba trabajo seguirlo y tan sólo la intuición de El Jefe, curtido en situaciones similares, hacía que se fuese en la dirección adecuada. Las grandes rocas aparecían a los lados del camino, como si fuesen orondos seres que vigilaban el paso del grupo, unos tenían ojos de lechuza, otros brazos de gigante, otros esbeltos cuerpos semidesnudos y de vez en cuando aparecía un quejigo con sus ramas desnudas y su tronco horadado, que parecía estar invitando a que se penetrase en sus entrañas. No se movía el aire, caía una fina lluvia que se clavaba en la punta de la nariz como lápiz afilado, y la niebla cada vez era más espesa; algunos habían tomado la resolución de estirar los palos, y formar una cadena humana donde cada cual sujetaba el palo del que iba delante. La marcha era lenta, los plásticos cubrían los cuerpos evitando una transpiración adecuada, y los pies comenzaban a sentirse algo húmedos. En estas condiciones hubo quien alzó la voz manifestando su intención de no continuar. Se produjo un parón en la cadena, un corrillo de parlanchines y un intercambio de impresiones, que dio como resultado la división del grupo, de tal manera que sólo siguieron hacia delante cinco personas, entre ellas dos mujeres: Angustias y Mercedes, que junto a Joaquín, Justo y El Jefe formaban el quinteto. Una vez que ya lo tenía claro, reanudaron la marcha, y en un nevero que apareció de repente casi a sus pies, se detuvieron para refugiarse del frío reinante, pero las condiciones del habitáculo tampoco eran las más idóneas, porque a cielo abierto por mucho que se pegaran a la pared del pequeño círculo, el castañeo de los dientes no había forma de controlarlo. Así que trazaron dos o tres líneas maestras, se ajustaron las mochilas al cuerpo y uno tras otro comenzaron a caminar. No se escuchaba más que el roce de los pantalones con el plástico, y el crujir de las piedras al pisar con las botas de campo. La niebla continuaba espesa y los animales aguardaban en sus refugios de invierno a que mejorasen las condiciones meteorológicas. Se iban dando turnos en la cabecera del grupo para que la marcha fuese más relajada, y en uno de estos turnos dirigidos por Mercedes, ésta les hizo detener a todos para comentarles lo que venía observando desde hacía varios metros: daba la sensación de que el camino estaba marcado por unas manchas azules, que aparecían y desaparecían intermitentemente. El Jefe también se había dado cuenta de esta circunstancia, pero no tenía claro si era producto de su imaginación o realmente las manchas existían. Ninguno conocía este tipo de señalizaciones por lo que le parecieron algo extrañas, pero dada las condiciones del día lo mejor era seguirlas que les llevarían a algún sitio, siempre sería mejor eso, que andar dando vueltas sin saber qué podían encontrarse unos metros más adelante. Justo hizo algunos chistes al respecto y entre bromas y veras se iban pasando las horas, y la niebla no se disipaba ni el frío cesaba ni se veía nada que les orientase en aquel laberinto de rocas. Cuando las sombras comenzaron a meter el miedo en el cuerpo a más de uno, y se había descartado toda posibilidad de volver atrás, las caras tomaron un rictus de preocupación porque todos ellos se estaban dando cuenta que se habían perdido. Allí no había mapas que orientasen, ni brújulas, ni móviles que funcionasen. Se habían dejado llevar por la intuición y el conocimiento de la sierra, y ahora se hallaban en medio de una situación que comenzaba a ser acojonante.
— ¡La línea!-gritó Angustias-.Lo mejor será que sigamos la línea, esa era la idea que traíamos y no debemos abandonarla.
…/…Continua en La virgen de las Nieves (2)rá

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Cuaderno de viajes: Buenos Aires (6)

Septiembre30

CostaneraSur
Sábado, 8 de Julio de 2006

De las pocas noticias que nos llegan de España, sabemos que por allí anda el Papa y que los sanfermines han comenzado la absurda cuenta de los heridos por asta de toro.- La mañana amenaza lluvia, aunque salimos como todos los días porque la temperatura sigue siendo muy buena.- Aquí mismo en las tapias del cementerio se monta un mercadillo, tipo sevillano, donde cada cual vende lo que puede, casi todo artesanal.- Adquirimos nuestra primera taza de mate aunque aún no sabemos a que sabe.- Descubrimos que tenemos muy cerca la Facultad de Derecho en un edificio antiguo de grandes escalinatas.- Vemos la primera bandera española junto a la italiana en una pancarta que cuelga sobre un puente peatonal en la Avenida Libertador.- Nos acercamos a la zona portuaria buscando la Reserva ecológica Costanera.- Por el camino podemos observar la monumentabilidad de los edificios modernos de gran altura, rectos, de fachadas acristaladas que rompen el cielo con su estatura.- Atravesamos en taxi Puerto Madero, lugar lujoso que ya visitaremos y nos adentramos en Costanera Sur.- El taxista amablemente nos da un vueltecita por el monumento a los Reyes Católicos, situado en un extremo del Parque y rodeado de un ambiente inhóspito: no hacemos comentarios.- Nos encontramos ante la primera laguna y las primeras fotos a unas fochas bonaerenses hambrientas que no les importa estar cerca de la gente.- Nos adentramos por una pista de tierra, recorrida por ciclistas y gente practicando deporte entre algún que otro caminante.- Entre fotos y paseo agradable llegamos al Río de la Plata, esa enormidad de río con sus olas y buques navegando como en mar adentro.- Un parque lleno de boyscauts nos sirve de lugar de descanso y desde allí para no perder las costumbres propias de la gente de Driades, cogemos por el camino equivocado y nos vemos forzados a salir por otra puerta que no pretendíamos.- Al poco nos vemos sentados en un restaurante italiano degustando tallarines a los cuatro quesos y merluza rebosada: Todo rico.- Culmina el momento con un buen tazón de café y la incertidumbre de saber sin los portugueses podrán con los alemanes.- Como ya sabemos el terreno que pisamos, nos pasamos por la Avenida Corrientes para sacar las entradas para Les Luthiers y ni cortos ni perezosos las cogemos para este mismo día en vista de que había sitio.- Desde que salimos del restaurante la tarde se mete en agua, así que nos refugiamos en nuestra querida Azcuénaga hasta que pase la tormenta.- A las nueve de la noche ya estamos arregladitos y dispuestos para asistir a nuestra primera función teatral.- El teatro Rex nos espera y aunque no es nada espectacular si es bastante grande y de butacas cómodas auque no modernas.- Les Luthiers están algo más flojo de lo habitual aunque es una gozada comprobar como se les quiere por esta tierra: y por más que el acomodador se empeña en situarnos en los asientos que no nos corresponde, disfrutamos del espectáculo todo lo que podemos.- Con esto y un alfajor que nos habían regalado por la calle nos metemos en la cama sin más preámbulos.-

Cuaderno de campo: acebo

Septiembre14

Acebo1Conecté con este árbol un día de Inmaculada en la Sierra de Segura y Las Villas. La tarde era gris, y el acebo formaba una línea ascendente a ambos lados de una vera, mezclándose entre pinos arropado por un enmarañado verdor. El viento me sopló al oído que lo que tenía ante mis ojos era una representación de la familia AQUIFOLIACEAS del género Ilex, de hojas elípticas y cuyos frutos aún permanecían ocultos a mi curiosidad de observador. Un poco más abajo, en un caserío semioculto, humeaba una chimenea, y el aire traía ese olor a cuero quemado, tan propio de nuestras sierras, cuando de obtener beneficios del cerdo se trata; una señora sentada ante un lebrillo se esmeraba en los embutidos, mientras otras cuantas personas le buscaban un buen clavo a las patas limpias de sangre, brillando al frescor matutino. No demasiado lejos de este lugar, “Las Acebeas”, campamento juvenil que dormitaba de la presencia humana, haciendo crecer hierba en aquellos espacios donde el sol veraniego castigaría a su debido tiempo; las tiendas de campaña, el fuego, el bullicio, quedaban entrecomillados, tan sólo unos perros guardaban celosamente el único techo del campamento. Por allí merodeaban los ciervos y el arrendajo, y contemplando el juego amoroso de los buitres nos acercamos por carreteras sinuosas hasta Segura de la Sierra, con su castillo mudéjar, enclavado en un picacho desafiando leyes físicas. Oteadero perfecto en el que el poeta Jorge Manrique decidió establecer parte de su vida, y al que por supuesto la población serrana tiene dedicada una placa, y muestra orgullosa la casa a aquellos pasajeros que deseen visitarla. No muy lejos está El Yelmo (1809), impresionante elevación desde cuya cima parece estar uno a las puertas del cielo. Siles, Santiago de la Espada, Hornos, son otros nombres que debemos apuntar también en nuestra agenda, si queremos tener una idea preclara de este paraje declarado Parque Natural desde 1986 y que abarca una superficie aproximada de 214.300 has.
Volviendo un poco al acebo, conviene saber que esta especie presenta una gran variedad de hojas y frutos, ya que lo mismo nos llega de América que de Asia. Existiendo por tanto muchos híbridos aunque la conocida agrupación de bayas rojas pasa por ser una de las más espectaculares. El acebo se ha plantado tradicionalmente para favorecer los bosques destinados a la protección y alimentación del ganado. Requiere cierta humedad y no soporta las sequías prolongadas. Es un reducto de la vegetación lauroiede que cubrió antaño buena parte de Europa. El acebo además de refugio y aislante térmico, ofrece sus hojas y frutos a multitud de herbívoros; actúa a la vez como abrigo y como fuente de alimento. Las aves – ¿cómo no? -, colaboran en la dispersión de sus semillas, en agradecimiento a los dones que el árbol ofrece.

Del árbol

Agosto26

CIMG1903

Del árbol
n
o
r
e
i
g
r
u
s
ramas
verdes y cartilaginosas.
Encandilaron mi mente
y atrofiaron las
horas tristes.
Las noches y los días
sumaban secuencias
de sección continua y
mis ojos sólo veían en
una dirección.
Las ramas CrecirErOn
vigorosas y cada instante
que pasaba
buscaban el Sol
con más libertad. Las horas
dejaron de sobrepasar
los sesenta minutos
y el reencuentro con la
pluma, se hizo
inexcusable.
Dos r a m a s más
tiene mi árbol
y hasta llegado ese momento
no he sabido lo
que significa
ser portador de la savia elaborada.
Daba igual que floreciera
como el más frondoso
del bosque.
Cuando mis oídos se LLENARON
de vocecillas verdes brillantes;
cuando mis brazos sirvieron
de improvisado co pio…
lum
Una linterna de minero
fue abriendo camino
por las intrincadas galerías
de mi ser.
Dos r a m a s,
dos dispares r a m a s,
que me hacen fortalecer
las raíces
y aspirar gas carbónico
con ansias infinitas. Un día
oí hablar
y sonaron lejanas campanas
inaudibles.
Las sucesivas ca
i
d
a
s
de la hoja
me ayudaron a percibir
el metálico sonido.
Tú, lluvia
de los tiempos,
aguja frágil de temporada…
Riega abundante
mis entrañas
y permite cubrir de verde
esas maleables r a m a s
de las que ya
he comenzado
a hablar.

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El Teléfono (y 3)

Julio21

…/Viene de El Teléfono (2)

Cuando llegó la noche, él no tuvo paciencia para esperar que sonase de nuevo el teléfono, y una vez que su esposa comenzó a roncar en el calorcito del mullido sofá, bajó el volumen del televisor y esperó diez minutos a que de verdad estuviese dormida, entonces apagó el aparato y la convenció para llevarla a la cama, con la excusa de que ya había terminado la película y él se quería poner a leer un rato. Le prometió no tardar mucho y cerró la puerta de la habitación. Una vez a solas, escuchando únicamente el tic-tac del despertador o el rac-rac de las termitas, tomó el libro que tenía encima de la mesa, buscó el marcador de páginas, se ajustó las gafas, se acomodó y fue incapaz de leer tres líneas seguidas; el teléfono situado en la mesita y al alcance de la mano, era como una tentación: ¿tardaría mucho en sonar?, porque él estaba convencido de que más tarde o más temprano terminaría por hacerlo. Lo cogió, le puso la pestaña de sonido en la opción de suave y lo depositó encima de sus piernas, y miró el cable que a modo de rizado rabo, se balanceaba, y no sabía por donde coger el asunto para aclararse un poco. Ni leía, ni pensaba, así que le fue venciendo el sueño, terminó por inclinar medio cuerpo sobre el cojín y se quedó dormido. Se despertó bruscamente, cogió el auricular y comenzó a hablar, pero nadie respondía, se frotó los ojos y se percató de que lo había estado soñando. Se tuvo que levantar a buscar agua en la cocina, porque la cena parece que le dejó demasiado seco el tracto digestivo, y fue justo en ese preciso momento cuando volvió a escuchar el sonido del teléfono. Corrió hacia el sofá y se abalanzó al auricular para evitar que siguiera vibrando; tomó aire, esperó unos segundos para comprobar que todo seguía en calma y que su esposa no diera muestras de estar despierta. Cuando acercó su oído al auricular descubrió que se trataba de la voz de su padre, que seguía muy interesado por la situación de sus nietos y el futuro que les esperaba. Él lo tranquilizó porque en el fondo eran buenos chicos y seguro que eso estaría por encima de los vicios adquiridos, y al final llegaría un momento en que no tendrían más remedio que valerse por ellos mismos, les costaría más trabajo, se les haría más duro, pero la ley de la supervivencia estaría por encima de todo y ya se cuidarían de administrar sus bienes por la cuenta que les traía. El abuelo no lo tenía del todo claro, porque veía que su hijo era muy blando, que con la edad que tenían sus nietos, tenían que estar más que espabilados y no pensando a que dedicarse, que a ver quien iba a trabajar para los jubilados como la cosa siguiese así.”¡Que pena, ni que pena!, los hijos no pueden dar pena, esa es tu equivocación, no hay que dárselo todo hecho, deja que se equivoquen, que se vayan, que parezca que no te quieren, la fuerza de la sangre está por encima de todo eso y llegará el día en que volverán y estarán contigo, ¿no ves como has vuelto tu a mi, a pesar del tiempo que hacía que no pisabas esta casa?”. Aquí se le encendieron las luces y a punto estuvo de colgar el auricular; la voz de su padre cada vez se oía más lejana y por más intentos que hizo por aumentar el volumen del teléfono, ésta terminó por apagarse no quedándole otro remedio que colgar. Se refugió en la franela de las sábanas y el calor de la mujer. Al día siguiente tocaba regresar a la ciudad, al encuentro con los hijos y tenía que cerrar los ojos por los menos una rato, la cabeza le pesaba más de la cuenta. En el camino de vuelta, ella le estuvo preguntando por la lectura del libro de la noche anterior, por el desarrollo del mismo; él tuvo que hacer un gran esfuerzo imaginativo, porque apenas conocía de ese libro más que dos páginas, y ante la insistencia y por miedo a que fuese a descubrir las alucinantes conversaciones con su padre, le fue contando la historia de un hijo que se pone a hablar con su difunto padre a través de un teléfono, que no tiene línea y que sin que se diese cuenta su esposa, charlan y charlan de asuntos generacionales y de lo difícil que resulta a veces cortar el cordón umbilical, es como si fuese ese cable de teléfono, que sin estar conectado mantiene la posibilidad de comunicarse. Le contó y le contó pero el desenlace final no se lo supo explicar, porque no había llegado al final del libro. Ella se acicaló el pelo y le dijo: “ pues el final es que el protagonista tenía tanta preocupación por el factor generacional, que fue capaz de llevar su mente a una situación de catarsis tal, que realmente hablaba con su padre”. Él se quedó blanco, la miró de reojo y le dijo: “¿Y tu como lo sabes?”. “Porque yo si he llegado al final del libro”.

ndo llegó la noche, él no tuvo paciencia para esperar que sonase de nuevo el teléfono, y una vez que su esposa comenzó a roncar en el calorcito del mullido sofá, bajó el volumen del televisor y esperó diez minutos a que de verdad estuviese dormida, entonces apagó el aparato y la convenció para llevarla a la cama, con la excusa de que ya había terminado la película y él se quería poner a leer un rato. Le prometió no tardar mucho y cerró la puerta de la habitación. Una vez a solas, escuchando únicamente el tic-tac del despertador o el rac-rac de las termitas, tomó el libro que tenía encima de la mesa, buscó el marcador de páginas, se ajustó las gafas, se acomodó y fue incapaz de leer tres líneas seguidas; el teléfono situado en la mesita y al alcance de la mano, era como una tentación: ¿tardaría mucho en sonar?, porque él estaba convencido de que más tarde o más temprano terminaría por hacerlo. Lo cogió, le puso la pestaña de sonido en la opción de suave y lo depositó encima de sus piernas, y miró el cable que a modo de rizado rabo, se balanceaba, y no sabía por donde coger el asunto para aclararse un poco. Ni leía, ni pensaba, así que le fue venciendo el sueño, terminó por inclinar medio cuerpo sobre el cojín y se quedó dormido. Se despertó bruscamente, cogió el auricular y comenzó a hablar, pero nadie respondía, se frotó los ojos y se percató de que lo había estado soñando. Se tuvo que levantar a buscar agua en la cocina, porque la cena parece que le dejó demasiado seco el tracto digestivo, y fue justo en ese preciso momento cuando volvió a escuchar el sonido del teléfono. Corrió hacia el sofá y se abalanzó al auricular para evitar que siguiera vibrando; tomó aire, esperó unos segundos para comprobar que todo seguía en calma y que su esposa no diera muestras de estar despierta. Cuando acercó su oído al auricular descubrió que se trataba de la voz de su padre, que seguía muy interesado por la situación de sus nietos y el futuro que les esperaba. Él lo tranquilizó porque en el fondo eran buenos chicos y seguro que eso estaría por encima de los vicios adquiridos, y al final llegaría un momento en que no tendrían más remedio que valerse por ellos mismos, les costaría más trabajo, se les haría más duro, pero la ley de la supervivencia estaría por encima de todo y ya se cuidarían de administrar sus bienes por la cuenta que les traía. El abuelo no lo tenía del todo claro, porque veía que su hijo era muy blando, que con la edad que tenían sus nietos, tenían que estar más que espabilados y no pensando a que dedicarse, que a ver quien iba a trabajar para los jubilados como la cosa siguiese así.”¡Que pena, ni que pena!, los hijos no pueden dar pena, esa es tu equivocación, no hay que dárselo todo hecho, deja que se equivoquen, que se vayan, que parezca que no te quieren, la fuerza de la sangre está por encima de todo eso y llegará el día en que volverán y estarán contigo, ¿no ves como has vuelto tu a mi, a pesar del tiempo que hacía que no pisabas esta casa?”. Aquí se le encendieron las luces y a punto estuvo de colgar el auricular; la voz de su padre cada vez se oía más lejana y por más intentos que hizo por aumentar el volumen del teléfono, ésta terminó por apagarse no quedándole otro remedio que colgar. Se refugió en la franela de las sábanas y el calor de la mujer. Al día siguiente tocaba regresar a la ciudad, al encuentro con los hijos y tenía que cerrar los ojos por los menos una rato, la cabeza le pesaba más de la cuenta. En el camino de vuelta, ella le estuvo preguntando por la lectura del libro de la noche anterior, por el desarrollo del mismo; él tuvo que hacer un gran esfuerzo imaginativo, porque apenas conocía de ese libro más que dos páginas, y ante la insistencia y por miedo a que fuese a descubrir las alucinantes conversaciones con su padre, le fue contando la historia de un hijo que se pone a hablar con su difunto padre a través de un teléfono, que no tiene línea y que sin que se diese cuenta su esposa, charlan y charlan de asuntos generacionales y de lo difícil que resulta a veces cortar el cordón umbilical, es como si fuese ese cable de teléfono, que sin estar conectado mantiene la posibilidad de comunicarse. Le contó y le contó pero el desenlace final no se lo supo explicar, porque no había llegado al final del libro. Ella se acicaló el pelo y le dijo: “ pues el final es que el protagonista tenía tanta preocupación por el factor generacional, que fue capaz de llevar su mente a una situación de catarsis tal, que realmente hablaba con su padre”. Él se quedó blanco, la miró de reojo y le dijo: “¿Y tu como lo sabes?”. “Porque yo si he llegado al final del libro”.

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El teléfono (2)

Junio19

../…Viene de El Teléfono(1)
A la mañana siguiente, ella se había levantado temprano y lo había dejado solo, porque tenía que ir de visitas, y en esos menesteres prefería valerse por si misma porque si no, aquello no se acababa nunca, la familia era extensa y él nunca tenía valor suficiente para decir “nos vamos”, así que se hacían interminables las visitas. Lo mejor era ir sola y cubrir el expediente de la forma más decente posible, siempre habría una excusa para justificar su ausencia. Así que cuando él se levantó, se preparó el desayuno y en el momento de hincarle el diente a la media tostada de pan de pueblo con aceite y jamón, sonó el teléfono. No podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Ahora si que no había justificación posible; ni era de noche, ni estaba dormido, ni había posibilidad de otro timbre, porque en la casa no había más artilugios que se prestasen a la confusión. Dejó el desayuno para otro momento y en dos zancadas se presentó en el salón, y descolgó el teléfono con toda la energía del mundo:
¡Diga!”Vociferó en el auricular. Al momento se la doblaron las piernas y resbalándose por la pared llegó con el culo al suelo encogido como un ovillo. El auricular quedó colgando en el aire, describiendo un ligero balanceo de la pared a la mesita girando al mismo tiempo derecha izquierda, izquierda derecha, cada vez de forma más débil. Él se fue recuperando poco a poco del tremendo susto, y aunque se había meado encima, no le molestaba la humedad; tembloroso volvió a coger el aparato y cerrando los ojos se lo colocó en el oído. No había duda, al otro lado del hilo telefónico se escuchaba una voz, una voz melosa y agradable que él conocía muy bien: era la voz de su padre. Comenzaron a charlar: el abuelo como no podía ser de otra manera, enseguida se interesó por sus nietos, por su edad – las cuentas no les salían ya muy bien -, si estudiaban o trabajaban, si tenían novia o novio. Él tuvo que entrar al trapo de la conversación, a pesar de que un desagradable olor a pan tostado se había instalado en el comedor. El menor de sus hijos, más grande que una torre, estaba atravesando una etapa donde sólo le interesaba la playstation y el grosor de los bocadillos que engullía, estudiar o trabajar eran verbos de difícil conjugación, y claro el abuelo no llegaba a entender de qué le estaba hablando su hijo, en su casa fueron siete hermanos que no pisaron la escuela, y que desde el primero hasta el último se habían pasado toda su vida dándole al callo, “tú mismo, conseguiste ir al colegio porque surgió aquella beca que te pagaba hasta la comida”, le decía a su hijo. Éste – algo más sereno, pero meado todavía – le rebatía que también porque tuvo mucha fuerza de voluntad y dejó muchas tardes y muchas noches los codos clavados en la mesa de estudio, que si no, mira su hermano mayor, nunca llegó a terminar nada. “Tu hermano porque no servía para eso de los libros, pero mira como supo buscarse la vida y lo bien que se colocó, porque ¿seguirá colocado, no?”, “Si, si papá, sigue colocado”. Él miraba de vez en cuando a los cuatro rincones del salón comedor, buscando alguna cámara oculta o algún cable que delatase la presencia de cualquier elemento artificial, que aclarase esa absurda situación; tampoco se atrevía a colgar el teléfono, porque la conversación era muy interesante, y además podía mosquearse el viejo, que nunca llevó bien eso de que lo dejasen con la palabra en los labios. “En casa de tu abuelo, no faltaba un bollo que llevarse a la boca, ni unas sandalias que ponerse; eso si, desde el primero hasta el último arrimaba el hombro”. “Y cuando usted andaba entre nosotros tampoco, lo que ocurre es que hemos ido tan de prisa, y nos hemos ocupado tanto del bienestar de nuestros hijos, que no hemos tenido tiempo de pararnos a pensar ni en qué es eso del bienestar”. “Explícate, que ya no me funciona bien el oído derecho”. Él se explicó, y conforme lo iba haciendo se daba cuenta de que sus hijos tampoco estaban ya con él, aunque seguían en su casa, los tenía a su lado y nos los veía, apenas sabía muy bien a que se dedicaban porque charlar, charlar lo que se dice charlar, no charlaban. En la casa siempre había algún instrumento haciendo ruido, de modo y manera que nunca era el momento adecuado para intercambiar más de tres frases seguidas. “Demasiadas comodidades me parecen a mi esas” – escuchaba en un tono de regañina – . “Nos hemos pasado unos cuantos pueblos en el intento de hacerles la vida feliz”. Él se daba cuenta de que la mayoría de los jóvenes lo tienen todo por delante, no necesitan esforzarse para tener un ideal en la vida, así que salvo honrosas excepciones se habían acomodado y ¡a vivir que son dos días! Las orejas las tenía calentitas y rojas como la cresta de un gallo, así que carraspeó varias veces seguidas, a ver si la charla terminaba ya, porque allí y en esa postura tenía difícil solución el asunto generacional, porque además él en el fondo pensaba, que en todas las épocas se ha producido choques entre padres e hijos, es cosa de la edad y el que no se había rebelado de una forma lo había hecho de otra, y a la generación de ahora, la rebeldía le había dado por hacer de okupas de las casas de sus progenitores, que para algo se la habían puesto tan bonitas y con tantas comodidades.
Unos golpes en la puerta le hicieron incorporarse del suelo y colgar el teléfono automáticamente. Su mujer había terminado la ronda familiar y volvía a la casa. Como un rayo se fue a la ducha, abrió el grifo y se echó por encima una toalla de baño, luego se dirigió a la puerta de entrada y trató de explicarle que lo había hecho salir del cuarto de baño por no llevarse la llave de la puerta y que con el frío que hacía, que vaya tela y todo lo demás. Ella no le prestó demasiada importancia, aunque lo de la tostada y el café le pareció un poco raro, pero entre la faena que aún quedaba por hacer y la copita de anís que se había tenido que meter entre pecho y espalda, porque la tía-abuela era lo más pesado del mundo, fue incapaz de coordinar o ponerse a averiguar que estaba pasando allí.
…/…Continuará

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El teléfono (1)

Junio5

En aquella casa no habían vuelto a pasar una noche, desde que lo hicieron con motivo de la misa por la muerte de su padre. Habían pasado varios meses y cada cuarto desprendía un olor a salitre, que denotaba la ausencia de persona alguna entre sus cuatro paredes. Aquella noche mientras ambos dormían, él se despertó sobresaltado porque estaba sonando el teléfono, pero… no podía ser, lo había dado de baja al mes siguiente del fallecimiento de su padre, y además estaba seguro de que ni siquiera lo tenía conectado a la roseta de la pared. Al incorporar medio cuerpo sobre las cálidas sábanas de franela, se dio cuenta de que no se oía nada, tan sólo el débil crujido de los muebles, aguantando el trabajo de las termitas. Ella roncaba plácidamente, ajena a las peripecias de su marido, lo más seguro que transportada a una isla paradisíaca de sol, palmeras y arenas blancas. Volvió a dormirse, pensando que aquello había sido un sueño y no tenía la menor importancia.
Al día siguiente en el trapicheo de cacharros y reconocimiento de muebles, que podían ser útiles o no, él tropezó sin darse cuenta con un antiguo reloj-despertador, de pantalla cuadrada y dos hermosas campanas coronando su triste figura. Lo tomó entre sus manos y al tocar con los dedos el mecanismo de la cuerda – sito en la parte posterior -, se agitó de repente el martillo metálico, diestramente colocado entre las dos campanas, y se dio un tremendo susto que le hizo soltar el reloj, como si se hubiese llevado un calambrazo; el reloj cayó al suelo y allí estuvo sonando un rato, hasta que se agachó a recogerlo para depositarlo en lo alto de la cómoda, de donde lo había cogido. Dejó de sonar casi al instante, el tiempo suficiente como para que por la mente de él apareciese la razón de su brusco despertar nocturno. Volvió a cogerlo – ahora ya con toda seguridad – y clavó sus ojos en la manecilla pequeña, que señalaba la hora en las que el despertador debía ponerse en marcha: las cuatro y media.
¡Claro! Eso dejaba las cosas en su sitio, esto es lo que había sonado la noche anterior y él lo había confundido con el teléfono; probablemente su mujer – que es una maniática para esto de los relojes – le había dado cuerda sin darse cuenta que estaba conectado el dispositivo que hacía funcionar el despertador. Se olvidó del asunto y continuó la inspección del resto de la casa.
La siguiente noche volvió a ser un calco de la primera, con lo cual ya no pudo aguantar más y sin saber muy bien que estaba haciendo, se calzó las zapatillas, se puso un batín para no coger frío y con la linterna en la mano se dirigió al cuarto contiguo: el tic-tac del reloj delataba que estaba funcionando, pero el dispositivo encendido-apagado del despertador, estaba en apagado. Se fue al salón y con cierto temblor en sus extremidades inferiores, se dirigió hacia el rincón donde reposaba el teléfono; encendió la lamparita de la mesa y comprobó que el cable no estaba conectado a la roseta de la pared, tomó el teléfono en sus manos y con un gesto agilipollado descolgó el auricular y se lo llevó a la oreja.
¡Nada! No se escuchaba absolutamente nada, ni tono, ni señal, ni cruce de líneas, ni nada por el estilo; eso si, podía oírse perfectamente el ímprobo trabajo de las termitas en una de las sillas, a la que ya tenían horadada, como si aquello fuese un queso gruyere en forma de asiento. Se fue al servicio, evacuó líquidos y sin terminar de creérselo, volvió a la habitación, a la paz de los ronquidos, con la yema de los dedos tocó a su esposa para comprobar que era de carne y hueso, y acomodándose a la forma de su cuerpo, terminó por dormirse.

…/…Continuará

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Cuaderno de viajes: Buenos Aires (5)

Junio2

avenida
Viernes 7 de Julio de 2006
Hoy por fin pude desplegar una mapa de toda la ciudad encima de la cama y enterarnos de nuestra situación geográfica.- Antes de levantarme tuve dolor en las pantorrillas, pero luego de un reconfortante desayuno, las aguas vuelven a su cauce.- A la hora de salir del apartamento decidimos darle la vuelta al cementerio por el camino contrario al que siempre cogemos porque teníamos la sensación de que el camino para la casa de Viki era más corto por ahí.- Llegamos a la puerta del Centro Cultural Recoleta y nos enteramos de su programación y luego como el que no quiere la cosa nos adentramos en un barrio donde se encuentra el Hotel Palace que debe ser el no va más de estos andurriales y que pone de manifiesto la gran diferencia de clases que existe en esta ciudad, donde dicen algunos parroquianos que ha desaparecido la clase media.- Edificios de treinta plantas, no hay locutorios ni maxikioscos, ni basuras, ni kioscos de prensa; las galerías comerciales son el no va más y por allí cerca merodean las embajadas como la francesa a pie de la avenida 9 de Julio en un edificio antiguo que quita el hipo.- En cuanto se cruza la Avenida las cosas son ya diferentes, huele a comida rápida, a gasoil de los autobuses urbanos que se apiñan unos detrás de otro como si estuviesen compitiendo en una carrera, con esos enormes números para miopes en el frontispicio de la luna delantera: La mayoría son Mercedes Benz y algunos aseguran que tienen un piso superbajo.- En la plaza del General San Martín encontramos a un guía que decía tener ascendencia de la provincia de Burgos y que nos contó el origen de la frase “tomar las de Villadiego”. – Cierta o falsa la historia sirvió para que le diésemos una propina para proteger a no sé que gente de un hospicio o algo similar.- La Torre de los Ingleses estaba cerrada y no pudimos visitarla, eso si una llama y dos soldados de uniforme de gala custodiaban el mausoleo de las victimas de la guerra de las Malvinas.-

Cercano a este punto en plena Avenida El Libertador ( esa de doce carriles en cada sentido), un par de obreros se afanaban en una obra callejera, algo que nos sorprende porque no se ve a nadie empleado en estos menesteres.- El personal de la oficina de turismo nos da la mala noticia de que no quedan entradas para Les Luthiers – mañana probaremos fortuna para la próxima semana -.Comenzamos a desenvolvernos mejor por las calles y a pesar de que Victoria se encuentra algo floja en el día de hoy, nos vamos los cuatro al barrio de Palermo a degustar un menú japonés que a mí me deja frío, aunque dicen que alimenta: salmón, arroz, verduras, salsa y otro tipo de pescado en frío, cuesta digerirlo, pero es lo que hay.- Otra vuelta por el barrio, algo diferente por la ausencia de grandes bloques, menos tráfico y proliferación de tiendas y cafés peculiares parece ser su característica principal al menos a simple vista.- Por aquí nos movemos en taxi y nos llama la atención lo barato que resultan: predominan sobre el transporte privado.- Nos recogemos pronto para descansar de la paliza diaria.- El taxista nos cuenta que a sus setenta años ha de seguir en el tajo para contrarrestar los 400 pesos que tiene de jubilación ( al cambio cien euros).- Lo de siempre.

*Texto perteneciente a la colección “Cuadernos de viajes” de José Rodríguez Infante

Cuaderno de campo: castaño

Mayo26

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Cuando se aproxima el mes de Octubre, la tele nos anuncia la apertura de curso, y un sin fin de estudiantes se aprestan a conquistar un peldaño más de su particular escalera, por la Sierra de Aracena (Huelva) tiene lugar una explosión de color y sonido: allí en medio de bosques de quercus y de frondosas aparecen majestuosas, con espectaculares troncos en la mayoría de los casos, llenos de enormes heridas por las sucesivas talas, constituyendo reuniones de gigantes en los mágicos atardeceres de la sierra; son los castaños del género Castanea y la familia FAGACEAS que en envolturas pinchosas (erizos) nos ofrecen sus deliciosos frutos y que constituyen uno de los atractivos de estas tierras. Por aquí le podemos encontrar la mayoría de las ocasiones en perfecto cultivo, aunque también existen fincas en evidente abandono y que posiblemente haya dado lugar a pensar a mucha gente que todo el monte es orégano, dedicándose a coger castañas a pie de carretera como si aquello fuese el maná. La respuesta por parte de los propietarios de las tierras, llega en forma de alambradas para desespero de los senderistas, que cada día encuentran más dificultades a la hora de completar sus recorridos, y esta sierra – la de Aracena – debido a la proximidad de sus pueblos ya la benignidad de la orografía permite su disfrute a pie como pocas. El castaño lo trajeron los romanos y afortunadamente aún se sigue cultivando para disfrute de sensibilidades propensas a sentir un goce especial caminando entre el amarillo de sus hojas. Tan importante es esta zona norte de la provincia de Huelva, que dicen que por aquí merodea el emblemático lince y la nutria – un mamífero muy delicado a la hora de elegir la calidad de las aguas – El castaño también nos ofrece su madera -¡cómo no! -aunque se da la paradoja generalizada a las maderas en general de que aunque la empleamos cada vez más la vemos cada vez menos, ya que al final acaba convertida en papel, pintura plásticos… una pena para nuestros sufridos bosque4s. A veces, sentado frente a uno de esos gigantes deformes, a uno se le viene a la mente aquella atmósfera de hace quinientos millones de años, donde el anhídrico carbónico imponía su ley creando una situación desfavorable para la evolución, hasta que la combinación clorofila -luz sentó las bases para que con el permiso de las algas, hongos y musgos, hoy podamos quedarnos atónitos ante estos muditos de piel leñosa. Bastantes pueblos citan al árbol como primer emblema del que conservan recuerdo: los altaicos, siberianos, aqueos, pelasgos; las grandes leyendas nórdicas hablan de árboles milenarios

Perteneciente a la colección “Cuadernos de Campo” de José Rodríguez Infante

Despuntaba

Mayo18

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Despuntaba el canto del mirlo
mientras yo me hallaba preso
de tus sonrosados labios,
era la brisa marina,
viajera tierra adentro,
la que aliviaba el sopor
de una noche de torso desnudo
y tú seguías ahí, enmudecida,
apretando tu mano contra la mía.
Charles Chaplin miraba
por el ojo de la cerradura,
de repente un martilleo
- sonido de latón concentrado
en una esfera –
me deja tragando moscas
y oliendo a pelo de gato.
¿Dónde estoy?
¿Soy aquel o éste?.
¿Tengo que pisar tierra firme
o continuar navegando
por recónditos océanos?.
¿Porqué a las sieteimedia
he de contar sobres descafeinados
hoy que ejerzo de
Peter Pam y no de Capitán Garfio?.
Con mi mano, la apretada,
palpo el borde de mis labios
- sabor a corcho -,
luces y sombras se pelean
por el dominio de la estancia

Poema extraido del poemario “Un lugar donde Rula” de José Rodríguez Infante

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